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EPÍLOGO

GUIÑO CÓSMICO

27 de febrero de 2021

Ricardo sonrió al despertar en su velero. Era su quinto día. El viento era fuerte; las olas, grandes. Piloto automático, nueve nudos. El día estaba despejado; el sol brillaba alto, bajo un cielo azul. Tomó el timón y observó el horizonte. Al cuello, un pañuelo de seda negro marcaba el luto. La marcha fúnebre empezaba a reparar la pérdida.

Solo en el mar, tenía tiempo para pensar. Los delfines saltaban a su alrededor. Las olas balanceaban su cuerpo, y movían la pelota a los pies del timón. El pequeño tetraedro — el original — estaba en la popa, al lado de Ricardo; el grande en la proa, y bien asegurado.

Puso una mano sobre el timón; la otra, sobre el pequeño tetraedro; su pie, sobre la pelota. Recordó las reuniones filosóficas y a sus amigos, observando al horizonte. Esperaba encontrarlos vivos. Mirando al de proa pensó, Si eres una lápida, no importa. Lo importante es la herramienta que creamos.

Recordó la historia de la humanidad. Grandes civilizaciones habían desaparecido: la Edad del Bronce, la China antigua, Persia, India, Grecia y muchas más. Una ola lo empapó por completo. Sonrió.

Imperios habían nacido y desaparecido, desde el de Alejandro Magno hasta Roma; desde el de Rusia hasta Mongolia; desde el de China hasta la India; desde los de Europa hasta los Estados Unidos. La razón y la empatía, los construía; lo irracional y la falta de empatía, los destruía.

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Pero en la era de las bombas nucleares, lo irracional significaba la extinción de la vida. Ningún refugio nuclear evitaría que los hijos de los sobrevivientes vivieran entre mutantes. Las cosas están mal, pensó al recordar las últimas noticias, pero lo irracional las puede poner mucho peor.

La diplomacia, debía dominar las relaciones internacionales; la carta de la ONU, debía ser respetada; el veto del Consejo de Seguridad, reformado.

Bajó al interior, preparó comida y volvió al timón. Caminó hacia la proa y revisó las cuerdas que sujetaban al gran tetraedro. Lo tocó. Espero que estén vivos, pensó sonriendo, Te prefiero monumento que a una lápida.

El sol tocó el horizonte. Las nubes tomaron color rosa. El día en el mar terminó. Llegó la noche. Las olas eran suaves; el velero, un punto diminuto en el océano.

Arriba, millones de estrellas titilaban en el espacio; abajo, su reflejo danzaba en la superficie del tetraedro.

—Llevarte a la isla secreta fue una buena elección —dijo, mirándolo, luego sonrió—. ¿Dónde llevarás el tuyo? —te preguntó, imaginándote en el futuro—. ¿Qué color de granito elegirás?

Te miró un instante, en silencio.

—Cualquiera sea tu elección, la realidad permanece pura. La pelota no se mancha. A es A.

El viento soplaba; el velero flotaba; la Tierra colgaba.

—Somos águilas —murmuró, recordando las nueve reuniones filosóficas.

Una ballena emergió. Ricardo abrió los ojos y la boca de par en par. Una estrella cayó. Sonrió, asintió con la cabeza y dijo:

—El universo te está haciendo un guiño.

FIN

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Una Mente Excepcional, por Charles Kocian. Copyright 2025. Todos los derechos reservados.

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