Pero en la era de las bombas nucleares, lo irracional significaba la extinción de la vida. Ningún refugio nuclear evitaría que los hijos de los sobrevivientes vivieran entre mutantes. Las cosas están mal, pensó al recordar las últimas noticias, pero lo irracional las puede poner mucho peor.
La diplomacia, debía dominar las relaciones internacionales; la carta de la ONU, debía ser respetada; el veto del Consejo de Seguridad, reformado.
Bajó al interior, preparó comida y volvió al timón. Caminó hacia la proa y revisó las cuerdas que sujetaban al gran tetraedro. Lo tocó. Espero que estén vivos, pensó sonriendo, Te prefiero monumento que a una lápida.
El sol tocó el horizonte. Las nubes tomaron color rosa. El día en el mar terminó. Llegó la noche. Las olas eran suaves; el velero, un punto diminuto en el océano.
Arriba, millones de estrellas titilaban en el espacio; abajo, su reflejo danzaba en la superficie del tetraedro.
—Llevarte a la isla secreta fue una buena elección —dijo, mirándolo, luego sonrió—. ¿Dónde llevarás el tuyo? —te preguntó, imaginándote en el futuro—. ¿Qué color de granito elegirás?
Te miró un instante, en silencio.
—Cualquiera sea tu elección, la realidad permanece pura. La pelota no se mancha. A es A.
El viento soplaba; el velero flotaba; la Tierra colgaba.
—Somos águilas —murmuró, recordando las nueve reuniones filosóficas.
Una ballena emergió. Ricardo abrió los ojos y la boca de par en par. Una estrella cayó. Sonrió, asintió con la cabeza y dijo:
—El universo te está haciendo un guiño.
FIN
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