—No me lo habían dicho —sonrió él.
—Queríamos sorprenderte —dijo Victoria, con una sonrisa pícara.
Dos bellezas lo habían sorprendido, como a un portero adelantado. No haría ningún esfuerzo por detener el balón que pasaría sobre su cabeza.
La suite especial del hotel tenía una amplia sala de estar. Una luz tenue provenía de un acuario. La pared-acuario medía un metro de ancho, dos metros y medio de alto y seis de largo. Algas, rocas, peces, tortugas, caballitos de mar, pequeñas rayas, pulpos: la vida fluía en color y movimiento. Separaba la sala del comedor. En el último una mesa redonda esperaba.
Se cambiaron en el dormitorio. Alexandre, llevaba traje negro, camisa blanca, corbatín y pañuelo de seda rojo. Ellas, minifaldas de cuero rojo y camisetas blancas cortas, revelando sus ombligos. Caminaban sobre botas texanas de tacón alto, también rojas.
Llegó un camarero con chaqueta negra de gala y guantes blancos.
—Disfrutaremos mariscos especiales —advirtió Francisca.
—Dicen que son afrodisíacos —añadió Victoria, guiñándole un ojo.
La entrada: ostras al limón con vino blanco francés.
—1978 Milemau, un regalo de nuestros amigos del Domaine Estate en Borgoña. Nuestra villa es vecina de la de ellos. Hacen tinto y blanco, pero esta reserva limitada no es pública. Elegida para esta noche —dijo Francisca, observando cómo el camarero servía en fino cristal checo.
—¡Por la filosofía de la realidad! ¡Salud! —brindó Alexandre, pensando en Arturo, Ricardo y sus reuniones.
—¡Salud! —repitieron, chocando las copas.
—Delicioso —dijo Francisca—. Los antiguos griegos amaban la belleza, cuerpo y mente. Aristóteles habría disfrutado esta cena.
—¡Y Ronald también! —añadió Victoria.
—De algún modo él está aquí con nosotros —dijo Francisca.
—Cierto. La memoria de Ronald permanece con nosotros, como Aristóteles y Alejandro Magno, fundadores de la Biblioteca de Alejandría. ¡Salud por ellos! —brindó Alexandre.
—¡Salud! —respondieron las diosas.
—Alejandría, hogar de la mayor biblioteca de la antigüedad —dijo Francisca.
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