—Una mujer ofreció ayudarnos a escribir el libro de filosofía de Ronald, con la condición de que no hiciéramos preguntas y lo mantuviéramos en secreto —añadió el más alto.
—¿Dijo “Ronald”?
—Sí.
—¿Quién es ella?
—No lo sé. Se me acercó en la calle cuando salía del gimnasio. Nunca la había visto.
—¿Por qué confiar en ella?
—Buena pregunta. Algo me dice que podemos —dijo el más alto—. No puedo olvidar su rostro. Parecía cuestión de vida o muerte. Me contactará en un par de días. ¿Aceptamos su ayuda?
—¿Cómo sabía que Ronald quería escribir el libro?
—No lo sé.
—¡Seguro que Ronald se lo dijo!
—No lo creo. Sabía que era peligroso. Sus últimas palabras fueron que había descubierto algo horrible y que lo estaban siguiendo. Me hizo jurar que, si moría, teníamos que escribirlo.
Los ojos del más bajo se abrieron de par en par. Se llevó las manos a la cabeza.
—¿Horrible? ¿Usó esa palabra?
—Sí.
—¿A qué nos enfrentamos, Manuel? —preguntó el más bajo, apretando los labios.
—¡No me llames más Manuel! —gritó el más alto—. La otra condición es que no podemos usar nuestros nombres reales. De ahora en adelante, llámame Ricardo —dijo. Así que lo llamaremos Ricardo.
—¡Cálmate! ¿Por qué otro nombre?
—El trabajo es peligroso. Podrían grabarnos con micrófonos direccionales o escuchar nuestros teléfonos —dijo Ricardo.
—Bien… Entiendo. Entonces no me llames Diego. Llámame Arturo —dijo el más bajo. Así que, de ahora en adelante, lo llamaremos Arturo—. Es una desgracia que haya muerto —añadió—. ¡Cuánto admiraba a ese joven! ¿Ronald te dijo que descubrió algo horrible?
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