Volaron treinta y cinco minutos a trescientos kilómetros por hora sobre el paisaje salvaje de Nueva Zelanda, lleno de montañas, ríos y lagos. Boris ignoró la vista y revisó su equipo.
—Estamos a casi cinco kilómetros —dijo el piloto.
—Aterrice aquí —respondió Boris.
—¿Cómo se llama este lugar?
—Los Alpes del Sur. Ese es La Perouse —dijo el piloto, señalandolo.
—Regrese en tres días, al mediodía. Espere mi mensaje antes de volar.
—De acuerdo.
El helicóptero ascendió, desapareció y el sonido se desvaneció.
Boris se puso su traje camuflado militar, casi invisible, y tras dos horas de caminata con equipo pesado, llegó a la casa de Gambino. Se escondió a trescientos metros, detrás de unas rocas. Primera regla: observar.
Con los binoculares vio la mansión casi terminada: puertas instaladas, ventanas acristaladas, trabajos de acabado a medio hacer. El césped estaba recién plantado. Aún no habían puesto las cámaras de seguridad. Ocho guardias armados patrullaban.
Rodeó la casa a buena a distancia, deteniéndose para trazar el plano de la propiedad. Al anochecer, conocía todos los accesos y ventanas y los hábitos de los guardias.
A las 2:00 a. m. del domingo 15 de julio, hora de Nueva Zelanda, entró a la casa. En Moscú eran las 5:00 p. m. del sábado 14 de julio. El partido Bélgica–Inglaterra en San Petersburgo aún no comenzaba. Faltaban veintisiete horas para detener los relojes de las bombas.
En Santiago de Chile, Ricardo se preparaba para ver el partido con su familia y la de su hermano. En Argentina, Arturo hacía lo mismo en su casa cerca de Buenos Aires. Alexandre les había dicho que estuvieran en el hemisferio sur ese día, para sobrevivir al Armagedón.
En San Petersburgo, los entrenadores arengaban a sus equipos. Los periodistas llenaban el estadio. A dieciséis mil kilómetros, Boris oía sus voces resonando desde un televisor dentro de la mansión.
La casa pintada blanca estaba sin amoblar. En el salón principal solo había un sofá, una mesa y algunas sillas. En la pared, un televisor de plasma de tres metros de ancho transmitía la narración, cuyo eco recorría el espacio vacío.
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