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ACTO II - CAPÍTULO 9

FINAL DE LA COPA MUNDIAL

Sábado 14 de julio de 2018

Aeropuerto de Christchurch

Nueva Zelanda

Boris vigilaba la puerta de entrada internacional del aeropuerto de Christchurch. Habían aterrizado cinco vuelos, pero Lenel no venía en ninguno, ni siquiera disfrazado. Siguió esperando hasta que lo vio salir de la comisaría internacional junto a otros pasajeros.

Vestido como turista, Boris pasó a su lado y chocó contra él.

—¡Mira por dónde caminas! —reclamó Lenel.

Boris deslizó un rastreador GPS, del tamaño de una lenteja, en el bolsillo de su chaqueta.

—Lo siento —dijo Boris, siguiendo su camino.

Cuando Lenel tomó un taxi, Boris tomó otro.

—Sigue a ese taxi —ordenó, siguiendo la señal del GPS en su teléfono. Lo tenía.

La persecución terminó en un pequeño aeropuerto privado a las afueras de Christchurch. Lenel saludó a un piloto, subió a un helicóptero y despegó. El GPS se detuvo treinta y cinco minutos después. Boris esperó tres horas a que hubiera otro helicóptero y convenció a un piloto de volar de inmediato con una condición: las coordenadas del GPS debían mantenerse en secreto. Ofreció cuatro veces la tarifa normal, pagando en efectivo.

—Aterrice cinco kilómetros antes de estas coordenadas —dijo, entregando la nota: 43°36′12″S 170°5′53″E.

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Volaron treinta y cinco minutos a trescientos kilómetros por hora sobre el paisaje salvaje de Nueva Zelanda, lleno de montañas, ríos y lagos. Boris ignoró la vista y revisó su equipo.

—Estamos a casi cinco kilómetros —dijo el piloto.

—Aterrice aquí —respondió Boris.

—¿Cómo se llama este lugar?

—Los Alpes del Sur. Ese es La Perouse —dijo el piloto, señalandolo.

—Regrese en tres días, al mediodía. Espere mi mensaje antes de volar.

—De acuerdo.

El helicóptero ascendió, desapareció y el sonido se desvaneció.

Boris se puso su traje camuflado militar, casi invisible, y tras dos horas de caminata con equipo pesado, llegó a la casa de Gambino. Se escondió a trescientos metros, detrás de unas rocas. Primera regla: observar.

Con los binoculares vio la mansión casi terminada: puertas instaladas, ventanas acristaladas, trabajos de acabado a medio hacer. El césped estaba recién plantado. Aún no habían puesto las cámaras de seguridad. Ocho guardias armados patrullaban.

Rodeó la casa a buena a distancia, deteniéndose para trazar el plano de la propiedad. Al anochecer, conocía todos los accesos y ventanas y los hábitos de los guardias.

A las 2:00 a. m. del domingo 15 de julio, hora de Nueva Zelanda, entró a la casa. En Moscú eran las 5:00 p. m. del sábado 14 de julio. El partido Bélgica–Inglaterra en San Petersburgo aún no comenzaba. Faltaban veintisiete horas para detener los relojes de las bombas.

En Santiago de Chile, Ricardo se preparaba para ver el partido con su familia y la de su hermano. En Argentina, Arturo hacía lo mismo en su casa cerca de Buenos Aires. Alexandre les había dicho que estuvieran en el hemisferio sur ese día, para sobrevivir al Armagedón.

En San Petersburgo, los entrenadores arengaban a sus equipos. Los periodistas llenaban el estadio. A dieciséis mil kilómetros, Boris oía sus voces resonando desde un televisor dentro de la mansión.

La casa pintada blanca estaba sin amoblar. En el salón principal solo había un sofá, una mesa y algunas sillas. En la pared, un televisor de plasma de tres metros de ancho transmitía la narración, cuyo eco recorría el espacio vacío.

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Desde su escondite, Boris vio a Lenel atado a una silla. Franco estaba sentado en el sofá, con la mirada fija en la pantalla.

—Fuiste un estúpido viniendo aquí, Lenel —dijo Franco, dándole una bofetada.

—¡Te voy a matar!

—Así que planeabas purgar a La Familia, ¿eh? —preguntó Franco.

—¡Te voy a matar! —gritó Lenel, aún creyendo que Dios haría justicia. Mi círculo interno me rescatará. Deben de estar en camino, pensó.

—Tus amiguitos, aquellos con los que pensabas traicionarme, están todos muertos. ¿Lo sabías? —dijo Franco.

—¡Mientes! No puedes luchar contra la voluntad de Dios —replicó Lenel, aferrándose a su fe. Misteriosos son los caminos del Señor, pensó. Una parte de su mente rogaba por un milagro. Nadie en La Familia conocía su ubicación. Nací bajo un eclipse. Soy la máxima autoridad de La Familia. ¡Tengo el poder!, pensó. Pero su cuerpo temblaba, dándose cuenta de que tal vez no tenía ningún poder, y que ningún milagro vendría.

—Dios es tu excusa para justificar tus crímenes —dijo Franco.

—Tú eres igual. El católico más hipócrita del mundo. ¿En qué somos distintos? —preguntó Lenel.

—En que tú estás atado a la silla y yo tengo la pistola.

—¡No puedes hacerme daño, puto bambino! —escupió Lenel.

—Cállate, idiota. ¡No te atrevas a hablarme así! —dijo Franco, dándole otra bofetada.

—Cómo me gusta esa ciudad. ¿Has estado allí? —preguntó Gambino, señalando las imágenes aéreas del estadio de San Petersburgo.

—No te saldrás con la tuya —dijo Lenel.

—Ya me salí con la mía —respondió Franco.

—No puedes. Yo soy el Maestro Imperial de La Familia en todo el mundo. Pagarás por traicionarme. Ordené el exterminio de toda tu descendencia.

—¿Órdenes? Qué patético. ¿No te diste cuenta de que me infiltré en tu círculo de confianza? Te dejaste engañar.

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—Es mentira. Ellos saben que yo mando —protestó Lenel.

—Les dije que eras un farsante y que ni siquiera mataste a Ronald —dijo Franco.

—¡Sabes que yo lo maté! —gritó Lenel.

—Eres tan estúpido, Lenel. No mataste ni a Ronald ni a Bolt. Yo lo hice.

—¡Es mentira!

—En ambos casos contraté a otros asesinos para que pareciera obra tuya —dijo Franco.

—¡Mentiroso!

—Caíste en la trampa, bambino. Fue fácil hacerte líder para que cayera tu cabeza. La sacrificamos en honor a Baal.

—¡Eres un miserable pagano! —gritó Lenel.

—No tienes escapatoria, Lenel. Voy a matarte. ¡Eres tan predecible! —dijo Franco.

—Déjame ir. Soy el Maestro Imperial. Tengo todo el poder. ¡Hago hablar a La Familia! —insistió Lenel.

—¿Otra vez con eso? ¿Vas a cambiar la voz para fingir que eres Baal? No eras nada sin La Familia.

—¡Eres un psicópata! —gritó Lenel.

—Igual que tú, pero ahora tengo los ojos abiertos. Admito que me engañaste cuando cambiaste la voz, como si canalizaras a Baal. Ningún dios habla a través de ti.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Lenel.

—No estoy seguro, pero asumiré el riesgo —dijo Franco.

—¡No te saldrás con la tuya! —repitió Lenel.

—Te dije que ya me salí con la mía. Pronto veremos los fuegos artificiales. Después te mataré. Será el mayor desastre de la historia humana. Una obra de arte, y mi familia estará entre las más ricas. ¿Sabes cuánto ganaré cuando la bolsa se desplome tras las bombas? ¿Sabías que se puede sacar provecho de la caída del mercado? ¡Oh, cómo me encanta mantener a la gente ignorante! —dijo Franco.

—No puedes hacer desaparecer sociedades secretas como la nuestra —dijo Lenel.

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—Si antes pudimos, ¿por qué no ahora? Mi familia conspiró con el rey Felipe IV de Francia para exterminar a los Caballeros Templarios, y triunfamos. Mis antepasados que los controlaban no dejaron de existir, ¿lo ves? Actuamos igual ahora. La Familia desaparecerá, pero nosotros no. ¿Cómo no te das cuenta? Me hace reír tu inocencia. Inventamos la frase “teorías conspirativas” y recuperamos el control —dijo Franco justo cuando comenzó el partido Bélgica–Inglaterra en San Petersburgo.

Victoria sabía que sus padres estaban en Sídney y no morirían en el Armagedón, pero ella había decidido morir junto a Alexandre en Moscú. Que Boris encontrara el pendrive y detuviera las explosiones nucleares era estadísticamente imposible, un auténtico milagro. Veía el partido en el bar del hotel Walker Moscow con sus amigos ingleses, animando a su equipo. Alexandre quería que ganara Inglaterra, pero en realidad daba igual.

Bélgica marcó primero. Cuando Inglaterra presionó para empatar, Bélgica volvió a anotar. Renéum abrió el marcador en el primer tiempo. Tras el descanso, Inglaterra se lanzó al ataque, pero falló ocasiones claras.

Cuando terminó el partido, Alexandre jugó al billar con sus compañeros en el hotel de Moscú. Eran las 23:00 del sábado 14 de julio. Sintió una punzada al terminar el día. Quedaban menos de veinticuatro horas para que explotaran las bombas. En ese momento era la mañana del domingo 15 de julio en Nueva Zelanda, y el reloj de Boris marcaba las 08:00.

Lenel seguía atado y el sol le daba en la cara. Dos guardias vigilaban. Boris ya conocía las rutinas de la casa y tenía un plan. Lanzaría bombas de humo frente a la mansión para atraer a los ocho guardias a la terraza. Mientras inspeccionaran, detonaría las cargas que había escondido en el suelo, asegurándose de que Franco estuviera en otro lugar.

Calculó que la primera explosión mataría a la mitad de los guardias. Puso bombas de humo a unos trescientos metros de la casa. Plantó cargas en los depósitos de combustible de los cuatro jeeps estacionados en la rotonda, y otra en el helicóptero del helipuerto. Tardó más de cinco horas en ajustar cada detalle.

Las detonaciones debían seguir un orden preciso. Si se adelantaba o se retrasaba, el plan se derrumbaría. No podía matar a Franco. Repasó la secuencia en su teléfono hasta memorizar los movimientos de sus dedos.

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Cuando se sintió listo, revisó los cargadores de la pistola que llevaba en el bolsillo.

Anochecía en Nueva Zelanda. Como un paracaidista que ha doblado cada pliegue del paracaídas, estaba preparado. Un pequeño error podía costarle la vida.

En ese mismo momento, Alexandre y el equipo entrenaban en un campo cerca del Estadio Olímpico de Moscú. El entrenador dio las instrucciones finales del Mundial antes del almuerzo.

 —Quiero que estén muy concentrados. Croacia es peligrosa, pero ganaremos. Alexandre, entra por el centro, como en Milán. Dubois, encuentra a Alexandre y juega el pase profundo.

En Nueva Zelanda, tres bombas de humo explotaron frente a la casa de Franco. Boris, escondido a unos cien metros detrás de una roca, observaba a través de la mira telescópica de su rifle mientras se elevaban columnas de humo. Cuando cuatro guardias salieron corriendo a la terraza, disparando hacia el humo, Boris pulsó una tecla de su teléfono. Una explosión destrozó sus cuerpos.

Un guardia saltó a un jeep y lo arrancó. Boris pulsó otra tecla y el jeep voló en pedazos. Había matado a cinco guardias; quedaban tres. Hizo detonar otra carga al lado opuesto de la casa; los guardias restantes salieron corriendo.

Usando la mira telescópica de su rifle, vio que a Lenel lo empujaban hacia un jeep, esposado y flanqueado por Franco con un arma. Boris presionó otra tecla y el jeep explotó. Regresaron a la casa. Boris, mirando por la mira telescópica, esperó observando la puerta principal. Cuando apareció la cabeza de un guardia, disparó y la hizo estallar. Repitió el disparo con el segundo. Quedaba un guardia.

—¡Preparen el helicóptero! —gritó Franco, pero Boris pulsó otra tecla y lo hizo pedazos.

Siguió un silencio. Dentro de la casa, Franco amordazó a Lenel y lo ató a una silla. ¿Quién me ataca?, pensó, enumerando enemigos mientras el suelo tembló con otra explosión.

Boris había detonado dinamita colocada horas antes en las paredes rocosas, derrumbando el único paso terrestre entre dos montañas escarpadas. Enormes rocas bloquearon el camino. Franco estaba atrapado.

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En ese momento en Moscú, Alexandre revisó su teléfono. Faltaban ocho horas para Armagedón. Esperaba el mensaje de Boris de “misión cumplida”. No había ninguno.

A las tres de la tarde, la selección francesa saldría en el bus oficial.

Victoria extrañaba a Francisca. ¿Habrá encontrado a su padre?, se preguntó. Si hubiera noticias del secuestro, estarían en televisión, pero la cobertura sólo hablaba de fútbol y del Mundial. Tocó con la mano derecha su tetraedro de diamante y se lo llevó a sus labios. Adiós, Venus, pensó, mirando la hora. Se había vestido con elegancia porque era así como quería morir. Se reunió con las esposas de los jugadores. Verían el partido desde las gradas VIP del Estadio Olímpico de Moscú.

Cuando Alexandre subió al bus hacia la final, pensó en Arturo y Ricardo. Había hecho bien en enviarlos al sur, para continuar con el libro si él moría. Boris, encuentra ese pendrive, pensó, sintiendo la inutilidad de su deseo.

—Ríndete, Franco. Mi gente vendrá y te matará —dijo Lenel.

—Ni de broma —respondió Franco, sosteniendo una escopeta recortada.

—¡Me rescatarán! —insistió Lenel.

—¡Cállate, idiota! —gritó Franco, abofeteándolo—. Déjame ver los fuegos artificiales en paz. —Y se burló—: ¿No te gustan los fuegos artificiales, Lenel?

Franco no quería fuegos artificiales. Quería pánico. Lágrimas. Gritos. Periodistas aterrados. Caos. Ordo ab chao, pensó. Imaginó a sus hijos, los gemelos Franco y Enzo, a salvo en Brasil. Ellos liderarían la dinastía Gambino. Los había criado para custodiar secretos ancestrales y hacer crecer la fortuna familiar. Su riqueza se dispararía cuando el mercado colapsara. Habían comprado opciones a la baja.

El plan de Boris era eliminar las fuentes de luz. Lanzó las baterías de los jeeps a un barranco, dejando una junto a un jeep destrozado para que Franco pudiera encontrarla fácilmente. Boris entraría en la oscuridad usando visión nocturna. Franco planeaba neutralizar a Boris, obligarlo a dar el código de voz, grabarlo y enviarlo a sus hackers.

Boris colocó una carga en el cobertizo de hormigón, a cuarenta metros de la casa, donde estaba el generador.

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De vuelta en su escondite detrás de la roca, Boris repasó el plan. Pulsó su celular para volar el generador… pero nada. Volvió al lugar para reparar el detonador. Perdió tiempo. Otra vez detrás de la roca, pulsó la tecla y una fuerte explosión sumió la mansión en la oscuridad.

—¿Quién eres? ¡Te mataré, bastardo! —gritó Franco desde la terraza principal, disparando una ametralladora—. ¡No me impedirás ver la gran final!

La noche estaba estrellada y sin luna. Desesperado, Franco corrió hacia los jeeps y encontró la batería que Boris había dejado. La llevó y conectó al televisor para restaurar la transmisión.

—¡No me cortes la energía o te mato! —gritó, disparando en todas direcciones.

En Moscú, dos periodistas describían el ambiente previo. Comparaban los buses de los equipos con buques de guerra.

Franco miraba la TV gigante cuando un golpe le dio en la cabeza. Despertó en una silla, con sus manos atadas atrás. Estaba sentado junto a Lenel que seguía atado a otra. No reconoció al hombre que estaba frente a él.

—¿Quién eres, maldito? —preguntó Franco.

—Boris Petrov.

—Tú no eres Boris Petrov. Nunca olvidé la cara de ese idiota. ¡Dime quién eres!

—Un cirujano me la cambió. ¿Reconoces esto? —preguntó Boris, mostrando un tatuaje en su pantorrilla derecha—. Tú también tienes uno —agregó Boris, levantándole el pantalón. Recordó el tatuaje que se habían hecho juntos.

—Debí suponer que eras tú. Esperé treinta años para matarte —dijo Franco, forzando una sonrisa. Tragó saliva y añadió—. Karl Dugin era un cobarde. Traicionó a la KGB y al Partido Comunista, igual que tú traicionaste a Marx —dijo recordando su juventud y el trabajo sucio que hacían para la KGB.

—Odio la corrupción —dijo Boris, sacando sus instrumentos de tortura.

—Despelléjame vivo entonces. No te diré lo que buscas. Considérame muerto.

—Matar a Karl fue inútil.

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—¿Y por qué no? —preguntó Franco.

—Eres un psicópata —replicó Boris.

—Llámame como quieras. Te mataré igual que a Ragnar Walker.

—¿Qué estás diciendo? Todos saben que fue secuestrado. ¡Estás delirando, Franco! —agregó Boris.

—¡Todos saben! Me encanta esa frase: la falacia de la generalización apresurada. Pero que todos sepan no convierte la verdad en mentira ni viceversa. Esa frase siempre me funciona. ¿Quieres saber cómo maté a Ragnar? —gritó Franco, con los ojos desorbitados y las venas de su frente hinchadas—. Será mejor que me dejes ir, y tal vez te perdone.

—Estás enfermo —dijo Boris.

—Sí. Soy peor que tú, Boris. Mi poder viene del mismo infierno —gritó Franco—. ¡Déjame ir, maldita sea!

Lenel, todavía atado, gritó:

—¡Ragnar Walker fue asesinado por Sten Olsen, el oficial que violó a su hija!

—¡Cállate, Lenel! Esto es entre hombres, no para niñitos como tú —replicó Franco. Giró y pateó la silla de Lenel volcándolo al suelo. Le pateó la cara con sus botas de punta de acero hasta que los huesos alrededor de un ojo se hicieron añicos y el globo ocular colgó—. ¡Yo maté a Ragnar Walker, idiota! ¿Con quién crees que estás hablando? —rugió mientras Lenel gritaba.

—Estás loco —gimió Lenel desde el suelo.

—Franco, dame el código de voz —exigió Boris.

—¿Qué código de voz? ¿No me crees Lenel? ¿Quieres que te diga cómo maté a ese vikingo hijo de puta? —se burló Franco.

—Mientes. La policía verificó que fue Olsen —dijo Lenel.

Gambino decía la verdad. Había matado al señor Walker el mismo día del secuestro.

Poco después de hablar con Ricardo y de enviar su avión de Nueva York a Atenas, un coche de policía llegó a la casa de campo del señor Walker, a una hora de la ciudad.

Cuando el guardia de la puerta se inclinó hacia la ventanilla del coche, el policía lo encañonó con una pistola con silenciador. Lo obligó a abrir la enorme puerta de hierro y luego le disparó en la cabeza. Entró y dejó el portón abierto, estacionándose cerca de la puerta de la mansión.

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Apareció otro guardia: un disparo, muerto. Luego otro: el mismo destino. Al entrar en la casa, vio a la cocinera y también le disparó.

En la sala de estar, Ragnar estaba leyendo un periódico.

—Venga conmigo, Sr. Walker —dijo el policía, con el arma en alto.

Ragnar permaneció tranquilo.

—Usted conduce —ordenó el oficial. Ragnar obedeció. Condujeron dos horas hasta una zona desolada donde un contenedor metálico se encontraba a unos treinta metros del camino.

—Bájese —ordenó el policía. Habían estacionado detrás del contenedor de carga para que el coche no se viera desde el camino.

—Abra el maletero y aléjese —dijo. Tomó una bolsa deportiva, todavía apuntándole con el arma, y lo obligó a meterse adentro del contenedor. Era una bodega con estantes y cajas. Había una mesa y cuatro sillas al centro.

Una vez que Ragnar estuvo atado de pies y manos a una silla, el hombre habló.

—¿Me reconoces, Ragnar?

—¿Cómo podría olvidar tu cara estúpida? Eres Sten Olsen, el policía que violó a mi hija.

—Así es. La violé —dijo el hombre con frialdad—. Ella gemía como una perra, y le gustaba —agregó. Sonrió y añadió—. Pero te equivocas, Ragnar. No soy quien crees.

—Todos te conocen, Olsen. Eres un psicópata —dijo Ragnar.

—No lo creo —respondió el hombre, arrancándose la piel falsa de la cara—. ¿Me reconoces ahora?

—¡Franco Gambino! ¡Qué disfraz! Por fin me ganaste en algo —rió Ragnar—. Siempre fuiste un perdedor, Bambino. ¿Acaso el viejo Genaro dejó de humillarte alguna vez? ¿Todavía eres su puta?

—¡Cierra la boca! —gritó Franco, abofeteándolo con fuerza.

—No tengo miedo, Bambino. Es gracioso que creas que te saldrás con la tuya. ¿Cuándo aprenderán ustedes los místicos? ¿Aún creen en la astrología? ¿En cultos fenicios? ¿Orfismo, hermetismo, misticismo, religión? Ustedes, asesinos de Hipatia, nunca cambian. Deberían haber leído a Tyler sobre culturas primitivas —dijo Ragnar.

—¿Sabes qué hay en esa bolsa? —preguntó Franco.

Ragnar no dijo nada.

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—Una sierra —respondió Franco.

Se conocían desde la infancia. Ambos descendían de familias aristocráticas europeas, algunas nobles, otras corruptas, que gobernaban desde las sombras. Franco siempre había envidiado a Ragnar.

—Entonces, ¿querías reformar La Familia? —preguntó Franco—. ¿No ves que mis dioses fenicios son más fuertes que tus dioses nórdicos?

—Hay dioses y dioses, fenicios y fenicios. ¿Sacrificaste algún niño últimamente? —preguntó Ragnar.

—Sí, bajo el Vaticano —dijo Franco con una sonrisa cínica. Pero todo el mundo sabe que tal cosa no existe, pensó.

—Sin un liderazgo honesto, basado en ciencia y razón en lugar de fe y misticismo, La Familia seguirá fracasando durante siglos. No se puede hacer el bien con valores equivocados —dijo Ragnar.

—Traicionaste a La Familia —gruñó Franco—. Te convertiste en un asqueroso darwinista. Dejaste de creer en la magia.

—No traicioné a nadie. Solo dejé de creer en tonterías. No hay magia, no hay dioses, solo ciencia que expone la ignorancia. La ciencia destruyó a Zeus y Neptuno. Destruirá a Jehová, Jesús, Alá, cualquier fancepto. No puedes distinguir a un percepto de un fancepto.

—¿Percepto? ¿Fancepto? ¿De qué demonios hablas? —gritó Franco.

—Un percepto es una imagen que tu mente forma a partir de datos sensoriales. Un fancepto también es una imagen, pero nacida de la fantasía, no de la percepción. Los niños que creen en Santa piensan en fanceptos. El problema es que tus líderes también. Mientras no puedas distinguir a conceptos basados en perceptos de los basados en fanceptos, seguirás siendo mentalmente primitivo, apto para la Edad de Piedra, no para el mundo científico. Por eso La Familia hace más daño que bien. Debes reformar tus raíces filosóficas —dijo Ragnar.

—¡Cállate, idiota! ¡No quiero escuchar! La ciencia no puede derrotarnos. Destruimos y creamos civilizaciones. El 15 de julio destruiremos esta y construiremos una nueva. ¡Qué lástima, Ragnar, te perderás los fuegos artificiales! De las cenizas construiremos un mundo mejor, y mi dinastía lo gobernará. Ya sabes, para hacer tortillas hay que romper huevos —dijo Franco.

—¡Estás loco! ¿De qué hablas? —exclamó Ragnar.

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—Hablo de vaporizar el hemisferio norte. La cuenta regresiva ha estado corriendo durante años. Las bombas explotarán en Moscú a las ocho de la noche del 15 de julio. El pobre Ragnar se perderá el espectáculo —dijo Franco burlonamente.

—Tú y los líderes de La Familia están locos —dijo Ragnar, forcejeando contra sus ataduras.

—Cuando Moscú sea borrada del mapa, las naciones con armas nucleares se atacarán entre sí. Vaporización en todas partes. ¡Será un espectáculo magnífico! Y si, por alguna casualidad, no explotan, liberaremos una pandemia global: mataremos a millones, paralizaremos el comercio, quitaremos libertades, encerraremos a la gente en sus casas, y los obligaremos a vacunarse. Control total. La cepa está lista, altamente contagiosa, no demasiado letal. Empezará en Wuhan, China, para echarle la culpa a ellos. Ese es el plan B. Más lento, sí —una pandemia que no matará a muchos, pero nos servirá de prueba para la siguiente. La siguiente eliminará a la mitad de la población unos años después. Pero las pandemias son aburridas. Yo prefiero la extinción nuclear. La buena noticia es que, en siete semanas, vaporizaremos el hemisferio norte. Más dolor, pero un cambio más rápido. Hay demasiada gente, Ragnar. Ese es el problema —dijo Franco.

—Dime, Bambino, ¿me elegiste para matarme hoy por la carta astrológica? ¿Estás esperando la hora violeta? ¿Llamarás al cocodrilo Maconi del astral inferior o quizá al arcángel Shurielli de los planos superiores? —preguntó Ragnar, perdiendo la paciencia.

—¡Silencio! —gritó Franco.

—¿Sigues siendo un animista supersticioso como tu Maestro? ¿Aún crees en el primer principio hermético de Todo Mente? ¿Que la conciencia precede a la existencia? ¿Que las acciones pueden existir sin una entidad que actúe? A pesar de sus intenciones, tu Maestro era un platónico desorientado —continuó Ragnar.

—¡Cierra la boca! ¡Él también fue tu Maestro! —respondió Franco.

—Franco, eres tan inocente. Estábamos en una secta mística. El Maestro era un animista ignorante, un charlatán ingenuo que creía en el principio hermético del “Todo Mente”. ¿Qué dice realmente ese principio? Que la conciencia puede existir antes que la existencia; que las acciones pueden existir antes que las entidades. Pero eso es imposible.

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¿Cómo puede existir una acción sin una entidad que actúe? ¿Cómo puede existir una idea si no existe antes un cerebro? ¡Platón se equivocó!

—¡Basta! —gritó Franco.

—Cuando Aristóteles envejeció, se dio cuenta de que Platón había estado equivocado, aunque fue su discípulo durante años. ¡Piensa de forma independiente, Franco! Ningún Dios puede existir como acción sin una entidad que actúe. Si Dios existe, debe ser una entidad. Pero no puede ser una acción que existe por sí misma, como efecto sin causa, movimiento sin algo que se mueva, idea sin un cerebro. Toda acción deriva de una entidad actuante. ¿Puedes imaginar una acción sin algo que actúe? Imposible. La causalidad es irrefutable: primero la entidad, luego la acción. El movimiento requiere algo que se mueva. Sin embargo, cuando personas como tú piensan en Dios, imaginan una acción existiendo sola; un efecto sin causa, movimiento sin motor, idea sin pensador. ¡Eso no puede existir! ¡Platón se equivocó! Un Dios así es imposible. No hay Dios, no hay chispa divina, no hay vida después de la muerte, no hay conciencia antes de la existencia, no hay acciones sin entidades, no hay efectos sin causas, no hay movimiento sin algo que se mueva —dijo Ragnar, implacable.

—¡Basta, maldita sea! —ladró Franco.

—¿Por qué me detienes? ¿Tienes miedo a la verdad? —preguntó Ragnar.

—Tu verdad no es mi verdad. Has perdido la fe —dijo Franco.

—¡Ya era hora! ¡Ojalá la hubiera perdido antes! El Maestro era un místico que enseñaba hermetismo, pseudociencia transmitida de un místico a otro durante siglos. Una tradición mística arraigada en superstición, fe y pseudociencia, por muy longeva que sea, es falsa. Las decisiones políticas basadas en falsedades son catastróficas. La realidad objetiva es la que manda, la verdad natural y absoluta derivada de la percepción sensorial, de la ciencia, no del misticismo ni la fe. Darwin se basó en fósiles; el ADN confirma su descubrimiento. La evolución es real. Dios es una invención humana. Ambos aprendimos del Maestro de una secta hermética. Él me invitó personalmente a unirme a su círculo interno; a ti nunca te invitó. Eso te puso celoso —dijo Ragnar.

—¡Cállate, idiota! ¡Dices eso porque fracasaste en tu camino espiritual! —ladró Franco.

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—¿Espiritual? ¿Esa palabra contiene perceptos o fanceptos? ¿Percepciones reales, o fantasías de poder personal? —preguntó Ragnar. Viendo que Franco permanecía en silencio, continuó—. Si contiene fanceptos, tu mente vive en la fantasía, en la Luna. Pero tus pies siguen en la Tierra, en la realidad objetiva. ¿Puedes sentir el desgarro existencial de vivir con esa contradicción? Por eso te engañas y existes en la niebla mental. No quieres ver tu condición patética; duele. ¡Eres un mono recién bajado del árbol, con miedo a evolucionar, con miedo a abandonar la fe en fantasías!

—¡Cállate, idiota! ¡Métete tus fanceptos en el culo! ¡Dices eso para justificar haber fracasado en tu camino espiritual! Perdiste la fe. Y jamás tuve envidia del GAM, el famoso Grupo de Amigos del Maestro —confesó Franco.

—Mientes. Lo único que querías era entrar, y todos lo sabíamos. Pero el Maestro nunca confió en ti. Me pidió a mí personalmente que fuera su amigo; contigo jamás lo hizo. Yo fui su amigo, pero como Aristóteles con Platón, ya no pude seguirlo cuando descubrí que el hermetismo era pseudocientífico. La amistad es compartir valores, pero se pierde cuando alguien cambia los suyos. El hermetismo es pseudocientífico, por ende, falso —dijo Ragnar, hizo una pausa y continuó—. El Maestro se creía un brujo, que podía llamar al viento o convertirse físicamente en un pájaro, pero nunca hizo milagros ni caminó sobre el agua. Asustaba a los seguidores con juramentos secretos y los manipulaba. En vez de un “instituto filosófico”, debería haberse llamado “instituto místico”. Mucho misticismo, poca filosofía.

Ragnar continuó:

—El Maestro abusó de su influencia, aunque nunca ilegalmente. Decía que teníamos que despertar y elevar la conciencia, pero jamás la definió. Creía que la esencia de los conceptos era metafísica y que la chispa divina podía crecer, suscribiendo la falacia alquímica de convertir plomo en oro espiritual. No entendía que la esencia de los conceptos es epistemológica, no metafísica. Era un místico ignorante. Su único mérito: te empujaba a buscar la mejor versión de ti mismo, aunque desde un paradigma místico, supersticioso y pseudocientífico. Nunca abordó el problema de los universales ni la primacía de la existencia sobre la conciencia.

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Ragnar hizo una pausa y luego añadió:

—Elegí vivir mi vida amando primero la realidad objetiva, y en segundo lugar a mis amigos. La realidad objetiva es dada y absoluta, la misma para todos, derivada de conceptos que contienen perceptos, no fanceptos. La amistad enraizada en la realidad perdura, porque la existencia misma es inmutable. Las ideas místicas de La Familia son subjetivas, pseudocientíficas y llenas de fanceptos. La astrología es pseudociencia, la alquimia es pseudociencia. Por razones desconocidas, a la gente le gusta creer por creer —esa acción absurda se llama fe. Debes elegir, Franco: pensar o tener fe. No decidir también es una decisión, y tampoco puedes escapar de sus consecuencias.

—Puedes vomitar todas las palabras que quieras, pero igual voy a matarte, Ragnar —dijo Franco burlándose—. ¡Que el mundo entero escuche al oráculo Walker! ¡Damas y caballeros! ¡Vengan al Circo del Conocimiento Walker! ¡Habla el Oráculo Walker! ¡Idiota! ¡Vas a morir y nadie escuchará jamás tus palabras!

—¡Oh! ¿Evitando el tema? —respondió Ragnar—. La evasión es la peor elección. Podrías decirle a un juez: “Soy inocente porque elegí no elegir”, pero no puedes escapar de las consecuencias. No actuar también es una decisión, y sus consecuencias suelen ser peores. Yo elegí amar primero la realidad objetiva; quien la ame es mi amigo para siempre, pues lo dado y absoluto es real e inmutable. Soy libre para pensar por mí mismo, para elegir mis riesgos y cosechar las consecuencias. Franco, aunque me mates mil veces, tus premisas místicas y las de La Familia siguen siendo falsas, anticientíficas. Vives en un paradigma falso. Tu felicidad es falsa, solo opio místico y estatus social.

—Basta de diarrea. Hablas como un loro borracho —dijo Franco, ignorando las palabras de Ragnar. Tomó la sierra médica de amputación de la mesa—. ¿Quieres que te corte la pierna o el brazo? ¡Tú eliges!

—Puedes matarme, pero no cambia nada. Buscar poder o estatus social como fines en sí mismos te ha convertido en un gran tambor: mucho ruido y vacío por dentro. Lo sabes, y esa duda te atormenta. Te atormentará para siempre. ¡Has desperdiciado tu vida, Franco! La única vida que tenías, y nunca conociste la verdadera autoestima, que hace que valga la pena vivir —dijo Ragnar.

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—¡Cállate, idiota! —dijo Franco, tomando la sierra médica de amputación con la mano derecha. —¿Quieres que te corte la pierna o el brazo? ¡Tú eliges!

Esperó unos segundos. —¿No hablas? Bien. Elijo yo. Te cortaré la pierna —dijo Franco y comenzó a serrar la tibia de su pierna izquierda a la altura de la mitad de la pantorrilla. Ragnar se movió y hizo una mueca, pero no gritó, hasta que Franco se la cortó por completo y la dejó sobre la mesa.

—¿Y ahora qué te corto? —preguntó.

—Córtame la cabeza, bastardo —dijo Ragnar.

—¿Tu cabeza? Bien. Pero antes, un secreto. Yo le robé las esposas a Sten Olsen días antes de violar a tu hija. La zorra gemía de placer. La violé toda la noche, disfruté de estar arriba. Por la mañana, puse las esposas de Olsen en la habitación de tu hija para incriminarlo. ¿Creías que eras listo ganándome al ajedrez de niño? No puedes conmigo, vikingo. Destruiste la vida de un hombre honesto, tu amigo, Sten Olsen.

Franco hizo una pausa, observando la reacción de Ragnar que frunció el ceño e intentaba liberarse, luego continuó:

—Años después, tu hija me buscó. Fuimos amantes durante un año, casi todos los fines de semana. Es salvaje, desinhibida, un monstruo en la cama. Nos filmaba, robó información confidencial de mi caja fuerte y amenazó con revelarla si moría. Me atrapó: sexual, financiera y emocionalmente. La amo y la odio al mismo tiempo. Es una pesadilla para cualquier hombre, pero la deseo todavía. Nunca me sentí más vivo que cuando estuve con ella.

—Sabrá cómo cuidarse. ¡Eres un perdedor! —dijo Ragnar, notando que Franco miraba su reloj.

—Ha llegado la hora de tu muerte. ¿Sigues queriendo que te corte la cabeza?

—Hazlo.

—Entonces te la cortaré —dijo Franco, aserrando el cuello de Ragnar por detrás. Trabajó metódicamente, cortando las vértebras hasta que Ragnar perdió el conocimiento. Continuó hasta separar completamente la cabeza, la sangre manando a borbotones de la herida. Con una mano, Franco levantó la cabeza por el grueso cabello, acercándola a la suya.

303

—¿Quién es el perdedor ahora? —dijo en voz alta, y luego colocó la cabeza sobre la mesa junto a la pierna cercenada.

Al caer la noche, metió el cuerpo y la pierna en un gran saco de tela, llevándolo a unos cien metros hasta un hoyo de dos metros de profundidad ya excavado. Tras enterrarlos, replantó césped para disimular el lugar y borró sus huellas con una rama.

Exhausto, se sentó dentro del contenedor, mirando fijamente la cabeza de Ragnar.

—No sé… como que te falta algo —dijo en voz alta—. Te miro, y como que te falta algo. ¿Qué será? —Se tocó la barbilla, pensando que sería, luego exclamó—. ¡Ah! ¡Ya lo sé!

Tomó un lápiz y escribió en la frente de Ragnar, grandes números. Los escribió con buena letra. Después, con un cuchillo, grabó los mismos en su piel:

 

2 + 2 = 5

 

—¡Ahora sí eres una verdadera obra de arte! Ya me imagino la cara de tu hija —dijo Franco. Colocó la cabeza en una gruesa bolsa de plástico transparente, atando bien la abertura con un alambre rojo, estirando el plástico para que la cara y los números quedaran visibles. Luego puso la bolsa en una caja de cartón envuelta en plástico de burbujas. La caja decía: FRÁGIL, con flechas apuntando hacia arriba. La colocó dentro de una bolsa deportiva negra.

Franco limpió el contenedor, fumigando las manchas de sangre con un químico que no dejaba rastros de ADN. Se cambió de ropa y guardó la sierra, el disfraz de policía, la piel del rostro de Olsen y otras pruebas en una bolsa deportiva. Tras comprobar cuidadosamente que no quedaban huellas, salió.

En ese momento, otro coche policial se estacionó cerca. Franco volvió a meterse dentro del contenedor, pero dejó la puerta abierta.

—¿Qué has encontrado? —preguntó el policía al bajar, dejando las luces encendidas. Como vio el coche de policía de Olsen, creyó que estaba hablando con él.

—¡Ven a ver! —gritó Franco desde dentro, imitando la voz de Olsen. Cuando se asomó, le disparó en la sien, matándolo al instante. Escenificó la escena como un suicidio, colocando el arma en la mano del policía, y luego cerró el contenedor.

304

Le tomó cinco minutos retirar el adhesivo de su coche que lo hacía parecer al coche policial de Olsen, embolsar el plástico y cambiar la matrícula.

Por la radio, alguien preguntó:

—Atención oficial, ¿qué novedades tiene?

—¡Nada aun! ¡Todo en orden! Ya vuelvo —respondió Franco, imitando la voz del policía.

Cargó las bolsas deportivas en su maletero y colocó la caja con la cabeza de Ragnar en el asiento del copiloto. Sin encender las luces, condujo treinta metros por el camino de tierra hasta el asfalto. Sacó una escoba del maletero para borrar las huellas de su vehículo, pero dejó intactas las del otro. Los faros iluminaban la nieve que comenzaba a caer.

Baal, me está ayudando a no dejar rastros, pensó. ¡Claro que los dioses existen! Qué equivocado estabas, Ragnar. Deberías haber tenido fe en el Kybalión.

La nieve caía con más fuerza mientras avanzaba hacia Oslo. En un momento, se detuvo, enterró las pruebas en otro hoyo previamente cavado y guardó la pala en el maletero. Al subir una pequeña colina, miró hacia atrás, a sus huellas en la nieve, y pensó, ¡Baal! ¡Que siga nevando! ¡Oculta los rastros!

Conducía despacio. No pasó ningún vehículo. Varios kilómetros más adelante, en un puente, arrojó la pala a un río. Lo único que quedaba del asesinato era su bolsa deportiva, con la caja y la cabeza.

Aparcó en un hotel de inmigrantes, dejó el vehículo y caminó hacia un jeep cercano llevando la bolsa. Miró hacia atrás y vio sus huellas. No podía borrarlas. Misteriosos eran los caminos de los dioses.

En la oficina de correos de Oslo, pisó una nieve de más de diez centímetros de profundidad. La fila era larga. En el mostrador, colocó la caja sobre la mesa y observó al empleado completar el formulario en la pantalla.

—¿A quién envía esto? —preguntó el empleado.

—A la señorita Francisca Walker.

—¿A qué dirección?

—Thor Olsen Gate N.º 1340, Oslo.

305

—¿Contenido?

—Una obra de arte.

—¿Qué es?

—Una cabeza.

—¿Un busto de escultor?

—No. Solo la cabeza. ¿Quiere verla?

—No. Por favor, ponga su caja dentro de esta y llene este formulario —dijo el empleado, entregándole una caja y un formulario.

—¿Necesita mis documentos? —preguntó Franco, poniendo su caja dentro de la otra.

—No —dijo el empleado, colocando la caja en la balanza.

—Es pesada. ¿De qué está hecha? —preguntó el empleado.

—Material parecido al hueso y la carne humana. Muy realista. ¿Seguro que no quiere verla? —preguntó Franco.

—No, gracias.

—Es un regalo para alguien a quien amo. ¿Puede entregarlo el martes 29?

—Sí, por supuesto. ¿A alguna hora en particular?

—Al mediodía, a las doce en punto, por favor.

—Está bien. Que tenga un buen día. ¿Quién sigue?

—Gracias. Que tenga un buen día también —dijo Franco.

Condujo un jeep alquilado hasta el aeropuerto y esperó en un café. Desde el avión vio a Oslo blanca de nieve. Pensó que Baal lo había ayudado de nuevo. Al mediodía, la nieve derretida borraría las huellas de su obra. Recordó el consejo de su padre, Hijo, haz siempre las cosas importantes con tus propias manos.

—Así fue como maté a ese vikingo estúpido —dijo Franco, terminando la historia.

—Dame el código de voz —dijo Boris, oyendo los gritos de Lenel desde el suelo. Le apuntó con su arma—. Cállate o te mato.

Lenel guardó silencio.

—Franco, dame el código de voz —insistió Boris.

—Atado a esta silla no puedo dártelo. Suéltame —dijo Franco. Boris examinó sus opciones como un jugador de ajedrez y decidió liberarlo.

—El código, Franco. Dame el código de voz —repitió Boris mientras lo soltaba, apuntándole con el arma.

306

—Está en el jeep —dijo Franco.

—Camina —ordenó Boris.

Llegaron al único jeep que sobrevivía. Boris se colocó a cinco metros, apuntándole. Franco abrió la puerta. De repente, un guardia se lanzó sobre Boris por un lado y se oyó un disparo. La bala, disparada desde un arma escondida en el jeep y destinada a Boris, mató al guardia que lo había atacado. Al caer, Boris soltó su arma.

—Esa bala era para ti —dijo Franco, y luego le disparó en una pantorrilla—. ¡Levántate, pedazo de basura! ¿Quieres aprender lo que es un maldito código de voz? —gruñó, pateándolo en el suelo—. ¿Esperaste treinta años para morir a manos del asesino tu amiguito? —se burló—. Abre ese cajón. Ponte esas esposas. Siéntate debajo de la mesa. Esposa un pie a la pata de la mesa. Bien. Ahora, espósate las manos detrás de la espalda.

Cuando Boris se movía lentamente, Franco lo pateó. Boris le agarró el pie con ambas manos y lo arrojó al suelo. Franco disparó, pero falló. Boris agarró la mano derecha de Franco y sujetó la pistola. Forcejearon. El himno nacional de Francia en el estadio comenzó a sonar en la televisión. Franco pateó a Boris unas cuantas veces y se soltó.

Franco se sentó en el sofá y miró la televisión como si no existiera nada más. Boris quedó esposado de un pie a la pata de acero de la mesa.

Franco vio a Lenel sangrando, aún atado a la silla. Trajo una camisa para detener la herida en el ojo y dijo:

—Lenel, no mueras todavía. Acompáñame a ver los fuegos artificiales. No te quejes. Todavía te queda un ojo.

Se sentó en el borde del sofá y añadió:

—Damas y caballeros, tomen asiento en el teatro de la vida para ver el mayor espectáculo de pánico de la historia. Hermoso, ¿no?
¡Oh! ¡Qué pena no tener palomitas! —agregó.

En ese momento, Alexandre cantaba el himno francés, listo para anotar. El árbitro revisó el tiempo y pitó. El Armagedón estaba a menos de dos horas. Croacia atacó rápidamente y lanzó un disparo que pasó cerca del arco.

—Croacia va a ganar —dijo Franco.

307

Boris no podía moverse. La mesa era demasiado pesada y Franco lo observaba con un arma. Necesitaba actuar rápido. Imaginó los cuatro relojes de bombas contando: 1:40:33, 1:40:32, 1:40:31…

Franco acercó el sofá a la televisión. Lenel permanecía atado a su silla en el suelo. Poco después, Lenel se liberó, agarró la silla y la estrelló contra la cabeza de Franco por detrás. Franco cayó, giró en el aire como un gato y disparó, fallando. Al ver a Lenel correr, se levantó y lo persiguió.

Boris aprovechó el momento. Bajo la pesada mesa de mármol la empujó con piernas y espalda hasta moverla hacia un guardia muerto, cuya arma aún estaba en su mano. Boris tomó el arma y disparó a las esposas hasta romperlas. Se liberó, pero un rebote le golpeó el empeine.

Cojeando, con el arma en mano, pasó frente al televisor y oyó el marcador del entretiempo: Francia 2, Croacia 1.

Salió de la casa hacia la roca para recuperar su mochila y equipo. Se vendó las heridas y tomó analgésicos. Se colocó un casco con visión nocturna y un micrófono direccional de alta resolución conectado a su grabadora del teléfono. Regresó, cojeando, cuando comenzó la segunda mitad.

La televisión era la única luz. El resto de la casa estaba a oscuras. Usando la visión nocturna, Boris siguió los sonidos hasta el dormitorio. Vio a Lenel y Franco peleando. Franco vació su pistola sobre Lenel, matándolo.

—El estúpido ruso nunca sabrá que Lenel —sí, ese nombre ridículo— es el código de voz para detener los relojes de las bombas —dijo Franco, sin darse cuenta de que Boris lo grababa.

Franco corrió de nuevo a la televisión. Boris salió corriendo a la roca para enviar el código de voz. El dolor recorría sus pies heridos, pero cojeó hasta su equipo satelital. Eran las 04:40 del lunes 16 de julio en Nueva Zelanda y las 19:40 del domingo 15 de julio en Moscú. Quedaban veinte minutos para el Armagedón. Apuntó su antena al satélite militar ruso, pero la batería de su portátil se agotó.

En tres segundos, evaluó opciones y corrió con la computadora y la antena hacia la casa.

308

Dentro, Franco estaba absorto en el partido, con un arma en la mano derecha. Boris se acercó por detrás, lo golpeó y lo ató a una silla. A Franco solo le importaba el partido. Boris desconectó la batería de la televisión para darle energía a su computadora y la antena. Boris se puso como loco. Para calmarlo, Boris conectó otro cable y volvió a encender la TV.

Quedaban diez minutos.

En el estadio de Moscú, Alexandre levantó su mano a Dubois, quien había recibido un pase de un defensor y ejecutó la jugada profunda que habían practicado. Alexandre corrió. El pase fue perfecto. Con el borde interno de su pie derecho, disparó un misil de treinta metros hacia la esquina superior, fuera de alcance.

—¡Gol! ¡Gol! ¡Alexandre Duval lo hace de nuevo! —gritaron los comentaristas.

—¡Ese Alexandre es muy bueno! ¡Qué cañonazo! —exclamó Franco, hipnotizado.

Boris contactó a su equipo de hackers y les dio su nuevo número de teléfono, no su GPS —la posición era secundaria. Verificó el archivo de audio escuchando la clave de voz por los altavoces de su computadora. Cuando Franco oyó su propia voz diciendo LENEL, se dio cuenta de que Boris había descubierto la clave y enloqueció. De algún modo, aun atado a la silla, dio saltos ágiles y derribó a Boris, dejándolo semiconsciente durante unos segundos.

Agarró una pistola y disparó al vientre de Boris. Boris le dio un puñetazo, lo tiró al suelo, se apoderó del arma y le disparó a ambas rodillas para inmovilizarlo. Cuando termine aquí, vengaré a Dugin, pensó.

La televisión retumbaba. Croacia avanzaba. El árbitro señaló cinco minutos de tiempo agregado. Eran las 19:50 en Moscú. Diez minutos para el Armagedón.

Mientras Boris se preparaba para enviar el código de voz, la señal satelital se cayó. Trabajó frenéticamente para restablecerla y lo logró, pero no pudo enviar el archivo de audio. Estaba débil, la visión borrosa, las manos lentas. Había perdido mucha sangre por la herida abdominal. Con tres minutos restantes, todavía no había enviado el archivo. No notó a Franco arrastrándose sobre sus rodillas destrozadas hacia un arma. Desde el suelo, Franco disparó dos veces a la espalda de Boris, arrancándole gran parte del pulmón derecho. La sangre salpicó la pantalla de la computadora.

309

Boris cayó al suelo, respirando por su pulmón izquierdo; su corazón seguía latiendo. Al ver a Franco cerca, tomó el arma y le disparó dos veces en la cabeza.

—¡Muere, bastardo! —exclamó.

Medio moribundo, Boris logró sentarse frente a su computadora, apartando los restos de su pulmón derecho para ver la pantalla.

En Moscú, Alexandre cayó al césped en el área croata tras una falta clara. El árbitro inmediatamente señaló penal.

Boris envió el archivo de audio a sus hackers, quienes confirmaron la recepción. En Nueva Zelanda, él tambaleaba al borde de la inconsciencia; en otros lugares, sus hackers trabajaban para evitar el Armagedón. En Moscú, Alexandre colocó el balón en el punto de penal. Los aficionados croatas guardaron silencio. Retrocediendo, Alexandre revisó el reloj del estadio; los segundos de los relojes de las bombas contaban: 10, 9, 8, 7…

Corrió, amagó a la derecha y disparó fuerte hacia el poste izquierdo.

—¡Gol! ¡Gol… de Francia! ¡Gol! ¡Gol… de Francia! ¡Gol… de Francia! —gritó el comentarista—. ¡Francia a punto de ser campeona del mundo! ¡Duval demuestra su precisión! ¡Alexandre el grande! ¡Viva el filósofo! ¡Viva Francia! ¡Viva el fútbol! ¡Viva el deporte! ¡Viva la vida!

Boris, recostado en el sofá, había detenido gran parte de la hemorragia colocando una camiseta sobre el vacío donde había estado su pulmón derecho. Aunque casi desmayado, observó a los aficionados franceses celebrar en Moscú.

Cinco minutos después, sus hackers le enviaron un mensaje:

ÉXITO. RELOJES DETENIDOS. MANO INVISIBLE REVELÓ TU POSICIÓN. RESISTE. AYUDA EN CAMINO.

Las lágrimas llenaron sus ojos. Sabía que estaba muriendo. El GPS o las opciones de rescate ya importaban poco. La Mano Invisible había conocido su ubicación —una mente excepcional en acción. Sintió orgullo por evitar el Armagedón, pero sabía que había sido un esfuerzo colectivo de héroes anónimos y pensantes.

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Amaba a Alexandre como a un hijo y respetaba a sus hackers. Me hubiera gustado conocer a La Mano Invisible antes de morir, pensó. En la pantalla, vio que Alexandre corría hacia la cámara y levantaba su camiseta de Francia para revelar una blanca debajo que tenía escrito:

 

GRACIAS BORIS

 

—Gracias a ti, Alexandre —susurró Boris, apenas audible. Perdió la conciencia.

Durante las celebraciones, Alexandre, levantado sobre los hombros de sus compañeros, vio a Victoria saludándolo desde lejos. Miró la hora: 20:10.

En la ceremonia oficial, Alexandre recibió la Copa del Mundo como capitán del equipo. Alegría y cautela se mezclaban: medallas, victoria, pero la ansiedad por el destino de Boris persistía. La vuelta olímpica llevó la copa; la risa de Alexandre ocultaba tristeza. A las 20:25, aún sin noticias de Boris, Alexandre se estremeció con explosiones, solo fuegos artificiales.

Las transmisiones televisivas mostraban celebraciones en todo el mundo. En el campo, Alexandre besó a Victoria. Al menos moriremos juntos, pensó. En la Plaza Roja, las cúpulas de las Siete Hermanas brillaban bajo los fuegos artificiales, sin saber que homenajeaban a Boris, el héroe desconocido que había salvado a la humanidad.

Al observar a la multitud, Alexandre murmuró:

—La humanidad debe cuestionar toda autoridad. Las decisiones deben surgir de conclusiones basadas en evidencia, verificadas personalmente. Los filósofos o figuras religiosas no tienen poder absoluto. La realidad es la única autoridad.

A las 22:22, todavía en el estadio, no llegaban noticias de Boris. El Armagedón puede ocurrir cualquier día, pero parece que no hoy, pensó sonriendo y suspiró. Sobre el césped, Alexandre giró a Victoria sosteniéndola en sus brazos, riendo y besándola. Fueron los últimos en abandonar el Estadio Olímpico de Moscú.

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Una Mente Excepcional, por Charles Kocian. Copyright 2025. Todos los derechos reservados.

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