ACTO III - CAPÍTULO 8

RICARDO TERMINA LA NOVELA

Sábado 26 de diciembre de 2020

Palermo, Buenos Aires, Argentina

Al día siguiente, Ricardo despertó en su habitación de hotel en Palermo, Buenos Aires, donde estaba en cuarentena por Covid-19. Intentó comunicarse con Ronald a la hora acordada, pero no hubo respuesta. Llamó a Alexandre y Francisca. Lo mismo. Probó con Victoria y Boris. Nada. Pasó el día intentando comunicarse, usando su número de emergencia encriptado. Nada funcionaba. Esto es muy raro, pensó, suspirando.

Concéntrate, se recordó a sí mismo. Los contactarás más tarde o mañana. No hagas una tormenta en un vaso de agua. ¡Termina la novela! se reprendió.

Habían acordado que el final de la historia incluiría su plan de navegar alrededor del mundo durante mucho tiempo. Ricardo debía escribir una escena donde celebraban el décimo aniversario del lanzamiento del libro y el juego. Esa escena sería el final de la historia.

Luego tenía que asegurarse que la novela se publicara.

Todos se habían preparado con esmero para ese momento. Ya habían tomado lecciones de navegación y comprado los veleros. Las embarcaciones estaban listas para zarpar con todo lo necesario.

Pero primero dejaron todo en orden, en relación al movimiento y lo demás. El libro y el juego, publicados; el sitio web para vender la versión online, funcionando; el acuerdo de confidencialidad con el amigo del hermano de Ricardo, firmado. Él los representaba en secreto.

412

Su objetivo era delegar y apoyar al movimiento de forma completamente invisible. La empresa Walker Enterprises LLC fue renombrada. Sus oficinas se trasladaron a diferentes islas.

Todos cambiaron sus nombres y adquirieron nuevos pasaportes. Los hijos de Ronald, Alexandre y Boris crecerían navegando. Estudiarían con programas online que validaban sus años de estudio.

Alexandre y Ronald compraron un velero de 64 pies, para tripulación de matrimonio, con molinetes eléctricos, enrolladores hidráulicos, reducción de vela mayor con botón, piloto automático, paneles solares, generador, desalinizador, Internet satelital y otras cosas necesarias. Boris y María compraron uno de 58 pies. Ricardo y Yellow compraron clásicos de quilla larga de 42 pies. Todos esperaban anclados en diferentes marinas secretas completamente cargados: ropa, computadoras, documentos y cosas esenciales para abordar y zarpar.

Las fechas de zarpe eran las siguientes:

Boris se quedaría en la cabaña con María y las gemelitas hasta recuperarse completamente de su trasplante de pulmón. Los alcanzaría tres meses más tarde.

Alexandre y Ronald zarparían cada uno en sus veleros la primera semana después del Año Nuevo. Yellow navegaría en el suyo. El primer destino era la isla donde estaba el nuevo edificio de la compañía. Yellow se quedaría como el nuevo CEO. Debía reportarse a Francisca semanalmente mediante un sistema encriptado ultra seguro. Navegaría con ellos esporádicamente. Las familias de Alexandre y Ronald continuarían el viaje.

Ricardo planeaba zarpar en febrero después que se publicara la novela. Se uniría a ellos para circunnavegar el planeta con su señora, su hijo y su novia.

Sonrió imaginándose navegando con ellos muy pronto. Con esa sonrisa, se sentó en el comedor de su habitación del hotel para terminar la novela como lo habían planeado.

Su cuarentena duraría dos semanas, tiempo suficiente para terminar la historia.

413

Colocó al tetraedro de granito negro original y la pelota en una esquina de la mesa, tal como lo hacían en las reuniones filosóficas. Los había llevado por diversos motivos. Los puso cerca de su computadora portátil para poder tocarlos. Afuera de la ventana se alzaba un gran árbol. La luz del sol se filtraba entre sus hojas. Los reflejos danzaban sobre la superficie del tetraedro. Recordó cuando Alexandre lo llevó a la primera reunión en Villa Ascolassi y explicó su significado.

Con su computador portátil abierto, se dispuso a escribir. Leyó una serie de mensajes consecutivos que Francisca le había enviado la noche anterior. Contenía todo lo ocurrido en la reunión de navidad, incluyendo el juramento de las primeras Águilas Líderes. Decidió crear un nuevo capítulo antes del final de la novela. Lo llamó: Reunión en Navidad.

En el último mensaje que Francisca le envió le pedía que asistiera a una reunión con las Águilas Líderes que habían hecho el juramento. La fecha era el 31 de enero. Ella ya va estar navegando, pensó sonriendo.

Después de terminar el capítulo llamado Reunión en Navidad, creó el siguiente titulado: Ricardo Termina La Novela.

Tal como lo habían acordado, debía escribir una escena donde todos celebraban el décimo aniversario del lanzamiento del libro y el juego.

Lo que imaginó Ricardo no lo inventó de la nada. Fue en base al plan de circunnavegar el mundo que habían preparado y por lo que cada uno le había dicho que quería hacer en el futuro. Escribió:

En las aguas cristalinas del Mar Egeo tres catamaranes y tres veleros parecían flotar sobre el aire. El sol de mediodía iluminaba un día de verano. Arriba, el Templo de Poseidón se alzaba en la colina, atemporal y silencioso; abajo, las seis embarcaciones estaban ancladas muy cerca unas de otras.

Todos estaban reunidos en el catamarán de Ronald preparando una parrilla. Sal, pescado, protector solar. Risas y juegos de niños flotando sobre el agua.

Alexandre de pie en la popa, abriendo botellas de vino blanco. Yellow en la barbacoa, dando vuelta el pescado. Boris nadando con los niños.

Francisca, con su panza redonda, esperaba su séptimo hijo. Su tetraedro de diamante la seguía cuidando. Con Ronald se habían comprado un catamarán de 64 pies en versión armador, con espacios amplios y privados, diseñado para una familia que vive en el mar.

414

Victoria también lucía su tetraedro de diamante sobre su panza redonda. Esperaba el octavo y también ya habían comprado un catamarán idéntico.

María esperaba su sexto hijo y su familia también navegaba con Boris en otro catamarán armador de 60 pies.

Las madres junto a las gemelitas, ya mujercitas de 13 años, preparaban las ensaladas en la cocina del salón.

Yellow, y su hermosa mujer china, con sus dos hijos navegaron para esa especial ocasión en su velero de 42 pies.

Ricardo asistió a la ocasión con su señora, un hijo y su mujer también china y hermosa, más un nieto, navegando en su velero también de 42 pies.

El amigo del hermano de Ricardo, la cara visible de ellos, y que cumplía el rol oficial de autor y propietario intelectual, también llegó con su señora, una hermosa mujer rusa de 30 años mucho más joven que él. Era hija única de una familia aristócrata acomodada. Su aspecto y carácter era una mezcla entre Francisca y Victoria. Se había enamorado de él y de los valores del movimiento. Actuaba como su brazo derecho ayudándolo en todo en su rol de escritor. Llegaron navegando en un velero de 42 pies de cokcpit central, diseñado para la navegación oceánica en pareja.

En el catamarán de Ronald se habían reunido 8 hombres y 7 mujeres adultas, mas 15 niños entre 5 y 13 años, mas 6 niños pequeños de menos de 4. Era una verdadera fiesta en el mar. Después de la barbacoa Ronald quiso hacer un brindis.

—Está bien —dijo—, tenemos un doble motivo para celebrar. Hace diez años, lanzamos el libro y el juego en siete continentes. Son las herramientas del movimiento que lo han hecho global. Las nuevas Águilas Líderes son mejores que nosotros. Ellos llevan la antorcha y se están convirtiendo en los verdaderos héroes. ¡Salud por ello! —dijo y brindaron con él. Una suave brisa cambió. Las banderas en la popa y en el mástil flamearon, como sumándose al brindis. Algunos niños chapoteaban y hablaban en el agua.

415

—Nosotros —continuó Ronald—, nos sentimos orgullosos de plantar la semilla, pero no somos importantes. Las herramientas y los nuevos Líderes Águila lo son. ¡Salud por ello! —agregó y chocaron sus copas.

Ricardo, en su final de la historia, escribió también que Ronald, mientras navegaba en su catamarán, ayudaba al movimiento de forma anónima de diversas formas. A veces con donaciones a las Águilas Líderes, otras actuando como hacker ético si era necesario.

Varios otros brindis se hicieron ese día. Brindaron por circunnavegar el planeta tres veces; por educar a sus hijos durante los viajes, visitando museos y lugares históricos de distintas culturas. El pequeño Ronald y el pequeño Alexandre, ya de doce años, habían aprobado todos los años de estudio online; sus hermanitos y hermanitas más chicos también.

Las gemelitas de 13 años eran muy altas, como sus padres, y siempre obtenían las mejores calificaciones. Ayudaban en todo a su madre cuidando a sus hermanitos pequeños. El pequeño Boris de 10 años, ya se cuidaba solo. Era fuerte, divertido y bueno para el ajedrez, pero mejor aún en el juego chino de go. Jugaba constantemente con los pequeños Alexandre y Ronald. Les ganaba y les enseñaba. El pequeño Boris admiraba la cultura china. Estaba feliz de ver como progresaban. A diferencia de EE.UU. — los nuevos piratas del Caribe — ellos estaban volviendo a ser grandes de nuevo.

Tres días estuvieron celebrando y viendo cómo ayudar aún más al movimiento, especialmente en China, India, Rusia, Indonesia, Irán, África y Brasil. Compartieron sus futuros proyectos y nacieron nuevas ideas. El movimiento hacía hincapié en respetar cada cultura y sus gobernantes. Su único objetivo era que el pueblo fuera más inteligente y menos vulnerable a cualquier tipo de propaganda colonialista.

Yellow zarpó un día antes hacia la isla de la sede de las empresas Walker Enterprises LLC. Ricardo y el amigo de su hermano también zarparon el mismo día hacia otros lugares. Solo los tres catamaranes se quedaron anclados muy cerca unos de otros.

En el catamarán de Alexandre, en el amplio salón central que unía ambos cascos, con cocina, comedor y sala de estar, puso el tetraedro de granito negro original en un estante anclado a la pared, circundado por una barandilla de acero de 5 centímetros para que no se cayera en una tormenta.

416

Ricardo se lo había devuelto. Consideraba que Alexandre lo debía tener pues él lo había construido y llevado a la primera reunión filosófica.

Frente al Partenón, Alexandre le había hecho jurar a Ricardo para que lo cuidara. Frente al Templo de Poseidón, Ricardo se lo devolvió. También le hizo jurar para que lo siguiera cuidando. Ambos sabían que lo que había que cuidar era su significado: existencia, consciencia, identidad, y sus corolarios, los principios de la realidad misma.

Ese era el fin de la novela con la historia de ellos mismos, tal como había ocurrido. Había pasado tres días completamente absorto. La leyó por última vez y sonrió. Las herramientas se habían creado y ayudarían a construir un mundo mejor.

Cuando despertó a la mañana siguiente, revisó sus mensajes. Seguía sin noticias de ellos.

Había estado tan concentrado en terminar la novela que se desconectó de todo. No había visto las noticias durante tres días. Encendió la televisión. La noticia más importante era que la noche de navidad, una bomba nuclear había explotado en Noruega. Las fotos mostraban la devastación, pero Ricardo no puso atención a las imágenes.

Los noticiarios repetían el mensaje del presidente de Estados Unidos de aquella noche. Los periodistas analizaban lo ocurrido: terroristas habían robado un misil nuclear táctico y lo habían detonado el 25 de diciembre. Había sido un ataque de falsa bandera para culpar a Rusia y desencadenar un Armagedón nuclear.

No puedo creer que me perdí esto, pensó Ricardo. Recordó cuando La Familia había planeado lo mismo durante el Mundial en Rusia. Sintió una leve nausea.

Aún en cuarentena, no podía salir del hotel, pero le permitían caminatas cortas. Salió con su mascarilla. Las calles estaban vacías. Pocos autos. Aire fresco. El sol filtrándose entre los árboles, pintando la vereda con luz en movimiento. Estoy caminando sobre una alfombra mágica, pensó.

Estaba caminando tranquilo, hasta que un pensamiento lo asaltó, Necesitas saber el GPS dónde explotó la bomba. Su leve nausea aumentó.

417

De vuelta en su habitación del hotel, miró al tetraedro y la pelota. Se sentó a la mesa, suspiró y abrió su computadora portátil. Sus manos temblaban.

Usando una VPN buscó imágenes del sitio devastado. Las montañas y el lago le resultaban familiares. Luego encontró las coordenadas GPS de la explosión. Las anotó en un papel que dejó a los pies del tetraedro.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar dónde encontrar el GPS de la cabaña. Estaba oculto bajo la pintura de las tarjetas de crédito falsas que Ronald les había dado: una roja, otra azul y otra amarilla. Las llevaba juntas en su billetera. Las colocó sobre la mesa.

Raspó la pintura de la tarjeta roja y encontró el nombre de la isla secreta, su GPS e indicaciones de cómo llegar. Era donde habían acordado reunirse cada 21 de junio en caso de una catástrofe y no pudieran comunicarse. Si no se comunican conmigo, navegaré allí después de la publicación de la novela, pensó.

Rascó la pintura de la azul y encontró unos números GPS. Tal como Ronald le había dicho, sumó el último número de la tarjeta amarilla a cada dígito y escribió el resultado en otro papel.  Ambas notas estaban a los pies del tetraedro. Comparó los números con mucha atención, fijándose uno por uno. Revisó los cálculos y estaban bien. El GPS de la explosión y de la cabaña era el mismo. En ese momento tragó saliva y pensó, Si no alcanzaron a escapar los vaporizó. Suspiró y apretó sus puños. No te preocupes. Ronald tenía radares de alerta temprana. Sus mandíbulas se tensaron. Frunció el ceño. Tranquilo, seguro que escaparon al refugio nuclear, por eso no te contestan.

Se quedó inmóvil, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, casi sin respirar. Tras largos minutos, paralizado, sus náuseas lo condujeron al baño a vomitar. Intentó contactarlos de nuevo, pero nada.

Esa noche no pudo dormir. Arturo se había ido. El señor Walker se había ido. Ellos no podían irse. Los pensamientos lo atormentaban e intentaba calmarse pensando, Tranquilo, no te contestan porque están allá abajo. Ronald estaba preparado. Ten paciencia y espera a que salgan. Aunque no tenía pruebas concluyentes, estaba casi seguro que habían sobrevivido. Si no sabía de ellos iría solo a la isla secreta el 21 de junio.

418

—Debo cambiar el final de la novela —murmuró—. ¿La Familia me matará aquí? —se preguntó. Se levantó y trancó la puerta de su habitación con una silla. Sacó un cuchillo de la cocina y buscó con que más podía defenderse. También aseguró las ventanas.

Las horas pasaron. Creció su desesperación. Seguía intentando calmarse, No te preocupes, ahora no pueden, pero te llamarán cuando salgan, y si no lo hacen tienes que estar en la isla el 21 de junio.

Debían estar en el refugio nuclear esperando a que bajara la radiación, listos para salir en unas semanas.

Al día siguiente imaginó lo que podría haber pasado. Los radares habían detectado el misil, dándoles tiempo para escapar al refugio nuclear. Una vez a salvo, Ronald comprendió que era una operación de falsa bandera para desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Usando antenas retráctiles que habían sobrevivido a la explosión, contactó a los amigos hackers de Boris. Les demostraron a las autoridades rusas que era un ataque de falsa bandera. Ronald y Boris habían salvado el mundo otra vez. Decidieron no contactar a nadie cuando salieran, ni siquiera a Ricardo. Cuando salieron, zarparon en sigilo y siguieron con su plan de circunnavegar el planeta.

Con eso en su mente, Ricardo comenzó a escribir el segundo final de la novela, narrando la escena cuando llegó a la isla secreta:

Sin saber nada de ellos, el 21 de junio llegó al lugar exacto que indicaba el GPS. Era una isla desierta. No tenía olas y el mar era como una tasa de leche. Ancló su velero, se subió al bote inflable y llegó a una playa de arenas blancas. Revisó las coordenadas y estaba justo en el lugar. Estuvo todo el día y no vio a nadie. No quiso moverse e instaló su carpa para dormir justo allí. El velero lo tenía a la vista. Hizo una pequeña fogata. La apagó tarde y empezó a perder las esperanzas. Cuando estaba todo oscuro, mirando al velero, apenas pudo distinguir a un hombre rana emergiendo del agua. Le tiró una bola negra del tamaño de una pelota de tenis. Luego volvió al mar, siempre sin olas y desapareció bajo las aguas.

Ricardo tomó la pelota que estaba sobre la arena. Entró a la carpa, la examinó y se dio cuenta que se destornillaba por el centro. La abrió y contenía un papel. Prendió la luz de su linterna y leyó:

419

HOLA, TE HABLA EL MUERTO. ESTAMOS TODOS VIVOS EN UNA ENORME CUEVA. TIENE UN GRAN AGUJERO ARRIBA CUBIERTO DE ARBOLES. DEJA PASAR LA LUZ, PERO NO PUEDEN VERNOS DESDE UN SATELITE. LA VEGETACION ES ESPEZA ASI QUE NO PUEDEN ENTRAR LOS DRONES. A TI TE ESTAN VIGILANDO. VEN MAÑANA EN LA NOCHE EN EL BOTE INFLABLE. EL ACCECSO ESTÁ A DOSCIENTOS METROS AL NORTE DE LA ROCA CON FORMA DE OBELISCO. BUSCA UNA PEQUEÑA ENTRADA ENTRE LAS ROCAS. HAZLES CREER QUE ESTÁS EN EL VELERO. CUIDADO QUE EN LA NOCHE TE VEN CON CÁMARAS INFRAROJAS.

TE QUEREMOS.

AHORA QUEMA ESTO.

Después de quemar la nota lloró. Salió de la carpa y caminó por la playa pensando como despistar a los que lo vigilaban desde arriba.

Para engañar las cámaras infrarrojas, se pondría su traje de buso negro y nadaría al lado del bote inflable. Lo pensó mejor y decidió ir en su tabla de surf, nadando al lado. Era blanca, así que la pintó de negro. Desde arriba no notarían nada raro al ver el bote inflable al lado del velero. Programó un sistema automático que encendía y apagaba las luces, la música y el horno de la cocina cada cierto tiempo.

Cuando llegó la noche, siguió su plan. Sobre la tabla de surf llevaba una bolsa deportiva negra. El mar sin olas. Nadó sumergido con su máscara de buceo, respirando por un esnórquel. Sacaba la cabeza de vez en cuando para encontrar la entrada. Era difícil en una noche tan oscura. Aunque llevaba su linterna no quería usarla.

Finalmente, descubrió una pequeña apertura. Entró y asegurándose de que no lo vieran de algún satélite, brevemente encendió su linterna. Era un túnel muy bajo de unos treinta metros de largo. Vislumbró al fondo un espacio más grande. Cuando llegó al otro extremo, apenas podía ver. Caminó sobre la playa y todo era oscuridad. La luz de otra linterna se prendió y apagó desde un costado. Caminó hacia ella y allí estaba Ronald. Abrió los brazos y se abrazaron.

—No hables fuerte —murmuró Ronald.

—¿Dónde están los demás? —Ricardo preguntó en voz baja.

—Deja la tabla aquí. Acompáñame —dijo y entraron a otro túnel, ancho y alto. A poco andar Ronald prendió la linterna. Caminaban hacia otra cueva interior.

420

Cuando llegaron, Ricardo vio que era una caverna alta, sellada con rocas arriba y a los lados. El suelo de arenas blancas. Tiene las mismas dimensiones que El Panteón de Roma, pensó. Al medio ardía una fogata pequeña.

—¡Ricardo! ¡Como te extrañamos! —exclamó Francisca con su bebé de 4 meses en sus brazos, recordando la primera vez que lo vio saliendo de un gimnasio.

—Aquí podemos hablar normalmente, incluso cantar si queremos —dijo Ronald—. Desde arriba no nos pueden escuchar ni ver —agregó levantando la vista y apuntando su mano hacia las rocas.

—¡Que susto que me dieron! —exclamó Ricardo— ¡Yo sabía que estaban vivos! —celebró. Los abrazó a cada uno con lágrimas en los ojos. Tomó en sus brazos a las gemelitas y las besaba. Besó a Francisca y Victoria, y también a María. Cada una cargaba a sus hijos de 4 meses, todos varones. Habían parido en altamar. Tomó en brazos a los pequeños Ronald y Alexandre.

—¿Qué traes aquí? —preguntó Alexandre, tocando la bolsa de deporte negra para adivinar que sería, y agregó—. ¡No! ¡No lo puedo creer! —dijo sacando el tetraedro y la pelota—. ¿Son los originales?

—Sí —dijo Ricardo aun con lágrimas en los ojos. Tomó la pelota y se puso a jugar con los niños. Mas tarde se sentaron alrededor del fuego. El tetraedro estaba al lado.

—¿Creíste que habíamos muerto? —preguntó Ronald con su sonrisa pícara.

—Sí.

—Igual moriremos algún día, pero esto jamás morirá —dijo tomando el tetraedro—. Alexandre es un genio al inventar esto. Su significado jamás podrá ser destruido. Lo hicimos. Creamos una herramienta inmortal. Nosotros moriremos, pero esto permanecerá —dijo mirándolo.

Al día siguiente Ricardo pasó la tarde en la cueva externa. La luz del sol se colaba entre la vegetación de la gran abertura. Alexandre, Ronald incluso Boris tocaban la pelota. Sus hijos y las gemelitas también jugaban con ellos. Francisca, Victoria y María jugaban a las cartas y amamantaban a sus bebés sentadas sobre una gran toalla.

421

La segunda noche hicieron una fogata más grande en la caverna interna. Se sentaron formando un círculo.

—Esta gente está loca —dijo Ronald después de relatar como habían escapado al refugio. Su sistema de radar de alerta temprana tenía un alcance de 200 kms a la redonda. Podía detectar desde un helicóptero hasta un misil subsónico. Les daba 10 minutos para escapar y ellos solo necesitaron 4.7.

—Cuando la alarma sonó, evacuamos ordenadamente —dijo Ronald—. Teníamos todo a mano. Cuando llegamos abajo y cerramos las compuertas nos sentimos a salvo. Cinco minutos después la onda de la explosión nos sacudió, pero nos mantuvimos de pie. Fue entonces cuando la bomba estalló —dijo mirando el fuego. El reflejo de las llamas bailaba en el tetraedro sobre la arena. Bebió un sorbo de cerveza y continuó.

—El refugio resistió perfectamente. Pude activar una antena subterránea retráctil para comunicarme con los amigos hackers de Boris. Por el tipo de sacudón, supe que era una explosión nuclear. Entendí en el acto que se trataba de un ataque de falsa bandera. Junto a Boris actuamos de forma precisa y eficiente. Gracias a nuestros amigos en los servicios de inteligencia pudimos evitar el inicio de la tercera guerra mundial.

—Es la segunda vez que Boris salvó a la humanidad —intervino Alexandre.

—El mérito es del muerto —dijo Boris ya recuperado del trasplante de pulmón.

—Estuvimos muy cómodos durante dos meses allá abajo —continuó Ronald—. No podíamos salir antes por la radiación. Decidimos no avisarte, ni usar ningún celular todo ese tiempo. Sabíamos que La Familia te estaría vigilando para saber si te comunicabas con nosotros. Estábamos seguros que vendrías aquí en esta fecha.

Durante esos dos meses yo inventé un software. Es una aplicación para comunicarnos por celular. La tenemos solo nosotros. Es imposible descubrirla. Ahora tú podrás instalarla con este pendrive — dijo Ronald entregándoselo y agregó—. Pero antes tienes que comprar un modelo de teléfono que yo te diré. Tienes que disfrazarte, comprarlo en la calle y con billetes. No puedes dejar ningún rastro.

422

—Yo le voy hacer llegar a mis padres un teléfono como estos, pero con mucho cuidado pues también los pueden estar espiando —dijo Victoria.

—Ahora estamos todos muertos, igual que el muerto —dijo Boris y soltó una carcajada. Luego agregó—. Pero a este bomboncito no pueden matarlo dijo levantando y besando el tetraedro.

Ricardo se llevó el pendrive. Lo primero que haría al retornar sería comprar un celular en la calle e instalar la aplicación.

Este segundo final de la historia se enganchaba con el primero, pero con una diferencia. En la escena de celebración de los diez años, añadían un brindis: habían sobrevivido una explosión nuclear.

Después de escribir el segundo final, Ricardo sonrió. Estaba convencido de que habían sobrevivido. Se durmió plácidamente.

Despertó sudando de una pesadilla con una palabra en su mente: hipersónico. Necesitas saber el tipo de misil, pensó, temblando.

Se levantó de la cama, encendió la luz y se sentó a la mesa. Su computadora portátil frente a él, la pelota y el tetraedro al lado. Comenzó a investigar. Robar un misil hipersónico era imposible. Pero se podía haber perdido en el intento de golpe de estado en Turquía, en la base aérea de Incirlik. Si se había perdido el uranio enriquecido de las bombas de Moscú, quizá también se había perdido un misil hipersónico. Tragó saliva.

Estuvo toda la noche investigando en distintos chats y grupos especializados, hasta que pudo comprobar que el misil que explotó sobre la cabaña era Mach 10. Cruzó información contradictoria pero su conclusión fue concluyente. Era un misil hipersónico Mach 10. Luego descubrió que su velocidad es de unas 2 millas por segundo o 3.3 kilómetros por segundo. Los radares de Ronald, con un alcance de 200 km podían detectarlo un minuto antes del impacto.

Ricardo revisó todos los datos una y otra vez. Hizo una planilla Excel y un cálculo estadístico. Cada fuente lo confirmaba. Un misil hipersónico solo les daba un minuto para escapar. Sabía que necesitaban 4.7 minutos para llegar al refugio. A Ricardo se le cerró la garganta. Están todos muertos, pensó. Su rostro palideció. Sintió mareos y nauseas. La esperanza desapareció. Apenas podía respirar o moverse. Se sintió paralizado, destruido, vaporizado como ellos.

423

Cuando su señora lo llamó no quiso atender. Sus hijos también lo llamaron y apagó el teléfono. No quería hablar con nadie.

Aunque él no podía verse, su cara cambió. Sus rasgos lúgubres, su rostro sombrío, su mirada vacía. Se sentía suspendido colgando de la nada. Dudó en terminar la novela, pero pensó en las Águilas Líderes que habían jurado.

A las cinco de la mañana, su cara era peor que la de una tragedia griega. Comenzó a escribir el verdadero final. Ya nada le importaba. Ni su vida, ni el movimiento ni nada. Que se vaya todo a la mierda, pensó y dejó de escribir.

Deprimido, lloró y tomó el tetraedro en sus manos y lo colocó en la alfombra junto con la pelota. Se acostó de lado, en posición fetal, abrazándolos a ambos. Lloró sin control, recordando todo lo que habían hecho. Lloró tanto que se quedó dormido en el suelo, aun sosteniéndolos. Cuando despertó, lloró de nuevo. No era una pesadilla. Era real. Un minuto es un minuto no cuatro punto siete, pensaba torturándose.

Se sirvió un whisky, luego otro y otro, hasta embriagarse. Encendió la televisión. Las noticias sobre la explosión nuclear en Noruega seguían dominando los titulares en todo el mundo.

Siguió bebiendo en exceso. Vomitó en el suelo y se quedó dormido en el sofá durante doce horas.

Al día siguiente, apenas podía moverse. Llamó a un médico, quien se sorprendió al verlo, por el aspecto impactante de su cara. Era un cuadro depresivo grave. El olor a vómito en la habitación y el desorden eran épicos. Comida esparcida por el suelo mezclada con ropa, toallas, una pelota, y un tetraedro de granito negro. El médico confirmó que el virus del COVID-19 estaba muriendo. Dijo que su mal estado era producto de algún shock emocional. No era siquiatra, pero le recetó antidepresivos. Podía comprarlos en una farmacia a la vuelta de la esquina. Le indicó comer, beber mucha agua, dejar el whisky y dormir bien. Ricardo no hizo nada más que llorar y dormir durante dos días más, abrazando el tetraedro y la pelota. Su cuerpo estaba débil y su rostro había envejecido una década.

Tristeza, rabia, desesperación — todo mezclado. El peso de la responsabilidad lo aplastaba. Hazte fuerte. No dejes que su sacrificio sea en vano, pensó. Esos psicópatas no se saldrán con la suya.

424

Su depresión empeoró. Rompió la receta del médico y bebió aún más. La rabia lo dominó. Golpeó las paredes. La sangre de sus nudillos manchó el yeso, dejando hendiduras donde cayeron los impactos. Pero cuando miró el tetraedro, la tristeza lo invadió y comenzó a llorar de nuevo. Oscilaba entre pena profunda y una furia intensa. Dormía mucho.

A veces se preguntaba, ¿y si no están muertos? Pero un minuto era un minuto, no 4.7. Necesitaba aceptarlo, pero no podía. Estuvo tentado a negar la ley de identidad. ¿Por qué A tiene que ser A? Estaba destrozado. Sabía que A era A. Estaban muertos.

La muerte era absoluta. No podían estar muertos y vivos al mismo tiempo. Un misil Mach 10 no les dejó oportunidad. Los números no mienten. Están vaporizados. Nunca los volveré a ver, pensó, devastado.

Finalmente encontró la fuerza para concluir la novela con este final trágico. Era peor que una tragedia griega. Aquí, todos los héroes y heroínas morían. Los villanos los habían matado. Pero entre la tristeza, recordó las herramientas que ellos habían traído al mundo. Los psicópatas no podían matar una idea.

Tomó el tetraedro entre sus manos llorando.

—Nadie puede matar lo que tú significas —dijo y lo besó.

Cuando terminó el tercer final de la novela, no sonrió como antes. Suspiró, sentado en su silla, mirando la pantalla de su computadora portátil. Nunca más los volveré a ver, pensó. Recordó los tetraedros de diamante de Francisca y Victoria colgando sobre sus pansas redondas, Están todos muertos, suspiró resignado.

Salió del hotel. Las calles vacías, sin personas, sin autos. Caminó y pensó, No van a salirse con la suya. Voy a matar a los psicópatas de La Familia, pero luego recapacitó.

—La mejor venganza es impulsar el movimiento —murmuró abriendo los ojos como platos.

Sabía que el sitio web vendía el libro y el juego automáticamente. Nuevas Águilas Líderes se unían cada día. No murieron en vano, pensó. Su legado ha sobrevivido. Decidió hacer que el movimiento fuera imparable. Pero antes quería darles el funeral que merecían.

Si los cuerpos se habían vaporizado, no quedaban ni sus huesos, no serían enterrados ni tendrían una lápida. Decidió construirles una en la isla secreta. Lloró de nuevo, con los puños y mandíbulas apretadas.

425

—Construiré un gran tetraedro y lo colocaré bajo el mar como su memorial —murmuró—. El agua lo unirá a las cenizas de las reuniones —dijo con furia en los ojos—. Navegaré yo solo a nuestra isla secreta y les daré el funeral que merecen. Les haré una ceremonia el 21 de junio en su honor allí. Mi viaje será mi procesión fúnebre.

Retornó a su habitación del hotel. Al entrar sintió un fuerte olor a vómito.

Usando una VPN, buscó la información necesaria. Calculó el tiempo de navegación desde donde estaba anclado su velero hasta la isla secreta. Una leve sonrisa apareció en su rostro. Construiría un tetraedro de granito negro, igual que el original, pero más grande. Sería la lápida que merecían. Lo dibujó con cada arista de 70 centímetros. Era pesado, alrededor de 100 kilos. Como buen ingeniero, bocetó un sistema para subirlo a bordo. Otro para asegurarlo durante el viaje y bajarlo al lecho marino frente a la isla, usando cuerdas, poleas y un arnés.

Resistente a la corrosión, duraría cientos, quizá miles de años bajo el agua.

Sería su tumba, su lápida, su mausoleo, su gesto de reverencia hacia ellos. Un monumento a la filosofía objetiva. La piedra angular de un movimiento educativo global. El poder invisible que uniría la Tierra a través del mar, para un mundo mejor.

La débil sonrisa creció y lo reconfortó después de planear todos los detalles. Incluiré mi procesión fúnebre en este tercer final, pensó.

Esa noche durmió mejor y soñó que observaba a la Tierra desde un paseo espacial. Al despertar, recordó el satélite de Ronald. ¡Olvidé el satélite! ¡Olvidé el satélite! pensó entusiasmado, ¿Y si el satélite de Ronald detectó el lanzamiento del misil? Eso les habría dado más tiempo.

Una pequeña luz apareció al final del túnel. Quizá habían sobrevivido. Necesito comprobar los números, pensó.

Suspiró aliviado. Se duchó y se afeitó. En el espejo su sonrisa volvió. Puede ser que estén vivos, pensó, sonriendo.

Después de limpiar su habitación de hotel, abrir las ventanas para dejar entrar aire fresco, lavar todo y ordenar el desorden, regresó un poco de esperanza.

426

La mesa estaba limpia. Sobre ella, el tetraedro, la pelota y su computadora portátil. Siempre usando una VPN, buscó velocidades y distancias. Pasó horas intentando encontrar el lugar de lanzamiento del misil. Finalmente lo logró. Había sido lanzado desde territorio finlandés, cerca de la frontera rusa, a casi mil kilómetros. Sonrió ante los números. Un misil Mach 10 tardaría 4.9 minutos en recorrer mil kilómetros. Suspiró y pensó, Es posible.

Convirtió el tiempo a segundos. Necesitaban 282 segundos para evacuar. El misil necesitaba 294 segundos para llegar. Habían tenido 12 segundos de ventaja.

—¡Es posible! ¡Es posible! —exclamó riendo—. Pronto navegaremos juntos. Levantó los brazos y saltó en su habitación de cuarentena—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! celebró saltando como un adolescente por toda la habitación. Saltó sobre la cama y segundos después se rompió. Estalló a carcajadas.

—No puedo creer que me esté riendo. Pensé que nunca más lo haría —dijo, mirando la cama inclinada con una pata rota.

Los números daban un 51 por ciento de probabilidad de que hubieran sobrevivido, y un 49 por ciento de que estuvieran muertos. Muchas cosas podían haber salido mal en la evacuación, pero Ronald estaba preparado. Eligió una estimación pesimista: cincuenta-cincuenta.

Pero la incertidumbre lo atormentaba. Esperar hasta el 21 de junio era demasiado. Tenía que decidir antes o la incertidumbre lo destruiría. Tendré que tomar una decisión y vivir con ella hasta esa fecha, pensó.

Eligió el peor escenario. Si estaban vivos, celebrarían y colocarían juntos el tetraedro en el lecho marino, en homenaje a su significado. Si no, él lo colocaría como su lápida. El viaje sería a la vez una marcha fúnebre y una marcha de esperanza.

Ricardo no podía escribir el nombre de la isla por razones obvias. Solo él sabría, el próximo 21 de junio, si estaban vivos o no. Pero no le gustaba tener una ventaja injusta sobre los lectores y las Águilas Líderes. Si los encontraba vivos tampoco podría decirles nada a nadie. Era una ventaja injusta pero necesaria. Al final lo que importaba era el significado del tetraedro y el éxito del movimiento.

427

—Este es el cuarto final de la historia, pero es lo que hay. No puedo mentir —murmuró, imaginando que te hablaba a ti—. Tú tendrás que tomar su propia decisión. Si decides que están muertos, haz tu propia marcha fúnebre y coloca un tetraedro similar en algún lugar, como su lápida. Si decides que están vivos, haz una marcha de esperanza y colócalo como un monumento a la razón junto a tus amigos. Pero decidan lo que decidan, recuerden que lo importante es su significado.

428

Una Mente Excepcional, por Charles Kocian. Copyright 2025. Todos los derechos reservados.

Translate »