—La experiencia acumulada durante siglos no es en vano. Ahora la canalizarás para seguir ganando poder en nuestra orden. ¡Salud por el Halcón! —brindó Franco.
—¡Salud! —repitieron.
—La Familia está feliz y tranquila. Halcón debe evitar la violencia innecesaria. Podría caer en una trampa —dijo el mayor de la mesa. Lenel sabía que era una advertencia para no atacar a Alexandre.
—¿Y si cae en la trampa? —preguntó Lenel, embriagado por su nuevo poder.
—La Familia no estará feliz ni tranquila —respondió el hombre. Era de piel blanca, calvo, delgado, con rostro cadavérico, ojos marrones y estatura media, llamado Genaro.
Genaro Spoletti era el intermediario del jefe oculto. Su voz comandaba a La Familia. Llevaba una gran cadena de oro y un crucifijo sobre ropa negra, con una medalla de plata que mostraba una luna creciente y un Buda.
—Si La Familia es generosa, debes ser generoso con La Familia —dijo Genaro.
—Soy generoso porque mi ideal es la voluntad divina —respondió Lenel.
El silencio se prolongó.
—No hablo de ideales divinos, bambino. La Familia quiere ser generosa, pero tú debes ser generoso a cambio. No más accidentes de motocicleta. Caso cerrado. ¿Capisci?
Los rumores decían que se había caído de su motocicleta en la autopista de Múnich porque estaba borracho. Lenel se indignó. La historia era falsa. Solo unos pocos sabían que ocurrió después de disparar al coche de Alexandre, pero el conductor de la otra motocicleta que lo obligó a salirse de la carretera seguía siendo desconocido.
—¿Me estás pidiendo que me arrodille para controlar París? —preguntó. Nadie respondió. El silencio presionaba. —¿Quieres que abandone la fe y mis convicciones? Un guardaespaldas colocó un cuchillo de carnicero frente a Genaro.
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