En el hotel, cuando Victoria subió al taxi rumbo al aeropuerto, Alexandre se inclinó hacia adelante y susurró al conductor.
—¿Conoce el Club de Esgrima Tour D’Cygne?
—Sí, por supuesto.
—Llévenos allí. Solo una parada rápida, luego continúe al aeropuerto.
Victoria le susurró al oído. —Ha sido un fin de semana maravilloso. ¿Qué hay en ese club?
—¿Me oíste? Quería sorprenderte. Es un edificio histórico que quiero ver —dijo, ocultando su culpa. Odio mentirte, querida, pero debo protegerte, pensó.
El taxi se detuvo. Alexandre se acomodó, luego miró de reojo. Allí estaba: la foto de Ronald en un anuncio, tal como Boris había dicho. Ese era el lugar donde Lenel había mencionado los incendios y había movido su mano simulando escribir un libro. Espero que Victoria no se dé cuenta, pensó, aliviado de que ella estaba mirando hacia otro lado.
—No hay mucho más aquí, pero puedo llevarlos a un museo cercano —dijo el conductor, reanudando el viaje.
—Debemos irnos, o llegaremos tarde —intervino Victoria, mirando por la ventana. Alexandre percibió su inquietud.
—¿Qué ocurre, querida? ¿Por qué esa cara?
—Nada, solo un poco cansada —dijo ella, esforzándose por no colapsar. ¿Qué está pasando? ¿Por qué mentirme? ¡No lo soporto! pensó.
Dos días después, en Cambridge, Victoria regresó sola de clases. La noche había caído. Caminaba lentamente y le caían las lágrimas cuando pensó, ¿Por qué me miente Alexandre? ¿Por qué no mencionó la foto de Ronald en el taxi?
Su angustia se remontaba a una nota que había encontrado en el bolsillo de su chaqueta la mañana después del funeral de Ronald.
Nunca antes había revisado sus pertenencias. Cuando Alexandre se duchaba, ella tenía la intención de sacar la tarjeta de Franco Gambino.
En cambio, encontró una nota marcada con un beso rojo:
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