—No.
—Mucho gusto —dijo Lenel, extendiendo la mano.
—¿Cuál es tu relación con la familia del fútbol? —preguntó Alexandre sin ofrecer su mano. Te mataré si lo hiciste, pensó.
—Es mi amigo —dijo Franco, notando la negativa de Alexandre.
—Felicidades, Franco. Esta fiesta muestra lo mejor y lo peor de la naturaleza humana —dijo Alexandre, cruzando la mirada con Lenel. Caminó hacia atrás, sin dar jamás la espalda.
Lenel sintió el golpe. En lo profundo de su mente, juró matarlo.
—Manejaste bien a tu amigo Ronald, pero no se necesita más violencia. Alexandre está limpio —dijo Franco.
—Yo también lo sigo —dijo Lenel, pensando, No me engañarás, viejo decrépito. Añadió: —Se encierra en su apartamento. Una vez al mes desconecta su teléfono. ¿No es extraño? —preguntó, sospechando que Alexandre estaba escribiendo en secreto el libro de Ronald con otra persona.
—La Familia quiere paz. No más violencia. ¿Capisci? —dijo Franco.
Lenel había jurado destruir a los líderes de La Familia, a quienes veía como ancianos cobardes. ¿Cómo podrían salvar el mundo por este camino? Eran lobos con collares y corbatas, sobreviviendo generación tras generación.
Él tomaría el control. Entonces su madre estaría orgullosa. Su destino divino se cumpliría. Había nacido en un eclipse.
Lenel creía de verdad en los ideales de la hermandad e inspiraba miedo. A diferencia de los demás, buscaba más que ganancias personales. Purgaría la hermandad cuando ascendiera al poder.
Franco le era útil. Lenel había ascendido rápidamente gracias a él, obedeciendo cada orden para ganar su confianza, pero lo despreciaba. Sin embargo, matar a Alexandre requería el consentimiento de Franco. Esperaría.
—No más violencia. ¿Capisci? —repitió Franco. Este bambino aún cree que es más listo que yo. Patético.
—Capisci —respondió Lenel, pensando, Espera y verás, viejo retrógrado.
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